PORTADA HISPANA.-

A lo largo de la historia, la humanidad ha buscado herramientas para contener su propia violencia. La ley, la religión, la filosofía, la educación y el Estado han sido intentos sucesivos por domesticar aquello que Thomas Hobbes describía como una naturaleza marcada por el miedo, la ambición y la agresión. En pleno siglo XXI, cuando la inteligencia artificial irrumpe como una de las mayores fuerzas transformadoras de la civilización, la pregunta ya no es solo tecnológica, sino profundamente moral: ¿puede la inteligencia artificial ayudar a corregir la persistencia del mal en la historia humana?

A pesar de más de cinco mil años de civilización, de avances científicos extraordinarios y de una acumulación inédita de saber moral, religioso y filosófico, la humanidad sigue repitiendo los mismos patrones de violencia, destrucción y exclusión. El siglo XXI, lejos de ser la culminación de un progreso ético global, convive con guerras abiertas, genocidios silenciosos, hambrunas evitables, torturas, violaciones sistemáticas de los derechos humanos, desigualdades extremas entre ricos y pobres, y una devastación acelerada del medio ambiente. La pregunta es inevitable: ¿por qué el ser humano, pese a todo lo aprendido, sigue inclinándose hacia el mal?

Desde una perspectiva antropológica y filosófica, esta tensión ha sido reconocida desde los orígenes del pensamiento. Thomas Hobbes describía al ser humano en estado natural como dominado por el miedo, la ambición y la violencia, resumido en su célebre frase homo homini lupus (el hombre es un lobo para el hombre). Para Hobbes, la civilización no elimina esta naturaleza, solo la contiene mediante el poder del Estado y la coerción de la ley. Cuando estas estructuras se debilitan, la violencia reaparece.

Jean-Jacques Rousseau, en cambio, sostenía que el ser humano nace bueno y es la sociedad la que lo corrompe. Sin embargo, incluso desde esta visión más optimista, la historia moderna parece mostrar que las estructuras sociales —económicas, políticas y culturales— tienden a reproducir desigualdad, dominación y exclusión, creando escenarios propicios para el conflicto. El progreso material no ha ido acompañado de un progreso moral equivalente.

Desde la psicología y el psicoanálisis, Sigmund Freud habló de la pulsión de muerte (Thanatos), una fuerza inconsciente que empuja al ser humano hacia la agresión, la autodestrucción y la destrucción del otro. En su obra El malestar en la cultura, Freud advertía que la civilización exige reprimir impulsos básicos, pero esa represión genera frustración, resentimiento y violencia latente que periódicamente estalla en guerras y catástrofes sociales.

Hannah Arendt, tras analizar los horrores del siglo XX, introdujo el concepto de la “banalidad del mal”. Para ella, el mal no siempre nace del odio consciente, sino de la obediencia ciega, la indiferencia moral y la renuncia a pensar críticamente. En este sentido, genocidios, crímenes de Estado y destrucción ambiental no son solo obra de monstruos, sino de personas comunes que normalizan la injusticia y participan de sistemas destructivos sin cuestionarlos.

En el plano religioso, tanto el cristianismo como otras tradiciones espirituales han advertido sobre esta inclinación humana. San Agustín hablaba del peccatum originale, no como un acto concreto, sino como una condición moral que inclina al egoísmo, la soberbia y la dominación. El mensaje evangélico reconoce esta fragilidad humana, pero propone una ética radical del amor, la justicia y el cuidado del prójimo, una ética que, sin embargo, rara vez se vive de manera coherente a escala colectiva.

La violencia contemporánea ya no se dirige solo contra otros seres humanos. El deterioro ambiental, la extinción de especies y el cambio climático revelan una relación profundamente destructiva con la naturaleza. El filósofo Hans Jonas advertía que el poder tecnológico moderno ha superado la capacidad ética de la humanidad para usarlo responsablemente. La avaricia, el consumo ilimitado y la lógica del beneficio inmediato han convertido al planeta en una víctima más de esta pulsión destructiva.

En el fondo, la persistencia del mal parece estar vinculada a una combinación peligrosa: una naturaleza humana ambivalente, estructuras de poder que incentivan la dominación, una cultura que glorifica el éxito material por encima del bien común y una progresiva pérdida de referentes éticos compartidos. Como señalaba Zygmunt Bauman, vivimos en una “modernidad líquida” donde los vínculos, las responsabilidades y los valores se diluyen, dejando al individuo solo frente a sus deseos y miedos.

La historia demuestra que el progreso técnico no garantiza progreso moral. La humanidad ha aprendido a volar, a dividir el átomo y a explorar el espacio, pero aún no ha aprendido a erradicar el odio, la codicia y la violencia. El desafío del siglo XXI no es solo tecnológico ni económico, sino profundamente ético: reconocer esa tendencia destructiva que habita en el ser humano y decidir, de manera consciente y colectiva, si se la sigue alimentando o si, por fin, se le pone límite.

«»Santa Catalina de Siena intercede con Cristo para liberar a la hermana moribunda Palmerina de su pacto con el diablo»». Por Gerolamo di Benvenuto. El cuadro muestra a la mística y Doctora de la Iglesia, Santa Catalina, rogando a Jesús para salvar a una mujer llamada Palmerina que estaba bajo un pacto demoníaco, un tema común en la iconografía religiosa para ilustrar el poder de la fe y la intercesión contra el mal.

 La IA no redime al ser humano, pero puede contener sus peores impulsos.-

La respuesta exige prudencia. La inteligencia artificial no es un sujeto ético ni una conciencia superior; carece de voluntad, de sentido del bien y del mal, y de responsabilidad moral. Como advertía Hannah Arendt al analizar los horrores del siglo XX, el mal no siempre surge de una maldad consciente, sino de la obediencia automática, de la indiferencia y de la renuncia a pensar. La IA, en ese sentido, no puede redimir al ser humano ni sustituir su conciencia, pero sí puede obligarlo a verse reflejado en sus propias acciones, con una claridad inédita.

Desde una perspectiva realista, cercana a Hobbes o a Freud, la pulsión destructiva no desaparece con el progreso técnico. Sigmund Freud hablaba de la pulsión de muerte como una fuerza latente que empuja a la agresión y la destrucción. La inteligencia artificial no elimina esa pulsión, pero puede funcionar como un dique parcial, un mecanismo de contención. Sistemas de análisis de datos ya permiten identificar patrones de violencia, crimen organizado, corrupción o trata de personas antes de que escalen. En este punto, la IA no moraliza, pero reduce la impunidad, y en sociedades donde el mal prospera en la sombra, la visibilidad es ya una forma de límite.

Uno de los aportes más relevantes de la inteligencia artificial es su capacidad para combatir lo que Arendt llamó la banalidad del mal. Al transparentar procesos estatales, presupuestos públicos, redes de poder y decisiones administrativas, la IA puede desarticular la normalización de la injusticia. Cuando los actos corruptos, las violaciones de derechos humanos o la destrucción ambiental dejan de ser invisibles, la sociedad se ve obligada a reaccionar. La tecnología, en este sentido, no crea ética, pero puede forzar el retorno del juicio moral.

En el ámbito educativo y cultural, la IA tiene un potencial ambivalente. Puede reproducir prejuicios, pero también puede democratizar el acceso al pensamiento ético, filosófico y humanista acumulado durante siglos. Puede acercar a millones de personas a textos de Aristóteles, San Agustín, Kant, Arendt o Bauman, y fomentar el pensamiento crítico en un mundo saturado de información superficial. Como señalaba Zygmunt Bauman, vivimos en una modernidad líquida donde los vínculos y las responsabilidades se disuelven; la IA, bien orientada, podría ayudar a reconstruir espacios de reflexión y diálogo que hoy parecen erosionados.

Sin embargo, el riesgo es proporcional a su poder. Hans Jonas advertía que el avance tecnológico ha superado nuestra capacidad ética para controlarlo. La inteligencia artificial puede ser usada para la vigilancia total, la manipulación masiva de conciencias, la automatización de la guerra y la deshumanización de la violencia. En esos escenarios, lejos de corregir el mal, lo perfecciona. La distancia entre el acto y la consecuencia, ya advertida por Arendt, se amplía peligrosamente cuando la violencia se ejecuta a través de sistemas automáticos.

Por ello, el debate sobre la inteligencia artificial no es técnico, sino moral y político. La IA no es el problema ni la solución definitiva: es un amplificador. Amplifica la ética de quienes la diseñan, la gobiernan y la utilizan. Si se la pone al servicio del bien común, puede ayudar a prevenir el daño, reducir la violencia y fortalecer la justicia. Si se la subordina al poder, al lucro o al control, se convertirá en una nueva herramienta de dominación.

Al final, la persistencia del mal no se resuelve con algoritmos. Como señalaba San Agustín, el conflicto fundamental ocurre en el corazón humano. La inteligencia artificial puede ayudar a contener, a vigilar y a alertar, pero no puede amar, perdonar ni elegir el bien. Esa tarea sigue siendo exclusivamente humana. La verdadera pregunta, entonces, no es qué puede hacer la inteligencia artificial por la humanidad, sino si la humanidad está moralmente preparada para convivir con una herramienta que revela, con crudeza, lo mejor y lo peor de sí misma.