Llegué a Puno cuando el aire del Altiplano me cortó la respiración y entendí, de inmediato, que no estaba en cualquier lugar del Perú, sino en una ciudad suspendida entre el cielo y el lago Titicaca, donde la fe y la fiesta caminan juntas. Había viajado el año pasado para vivir la Fiesta de la Virgen de la Candelaria, de la que tanto había escuchado, pero nada me preparó para la magnitud de lo que vi: no era solo una celebración religiosa, era un universo cultural entero latiendo durante días, una mezcla poderosa de devoción andina, herencia católica y orgullo popular.

Foto: Perú Travel

Recuerdo que mi primera mañana comenzó con el sonido de bandas a lo lejos, bronces que parecían despertar a la ciudad. Seguí la música hasta las calles cercanas al santuario de la Virgen y vi aparecer a los primeros conjuntos de danzantes, vestidos con trajes imposibles de describir sin quedarse corto: bordados brillantes, máscaras, plumas, botas con cascabeles. Me explicaron que la fiesta honra a la Virgen de la Candelaria, patrona de Puno, pero también recoge antiguas tradiciones andinas ligadas a la Pachamama y al calendario agrícola. Esa fusión, pensé mientras miraba, era el verdadero corazón de la celebración.

Foto: Difusión

Uno de los momentos que más me impactó fue el concurso de danzas. Pasé horas en las graderías viendo desfilar morenadas, diabladas, sikuris, kullahuadas; cada danza contaba una historia, hablaba de la colonia, de los mineros, de los diablos tentadores, de ángeles protectores, de comunidades enteras que ensayaban durante meses para esos minutos frente al jurado. Sentí que no estaba viendo un espectáculo, sino la memoria viva de un pueblo. La energía de los bailarines era contagiosa: sudaban, sonreían, sufrían, pero no se detenían.

Foto: Andina

También probé Puno a través de sus sabores. En las calles comí trucha frita del Titicaca, jugosa y fresca, con papas y ensalada; probé sopa de quinua caliente que me devolvió el alma al cuerpo cuando el frío caía por la tarde, y no faltó el ponche ni un vasito de anisado o cerveza compartida entre desconocidos que, por unas horas, se volvían amigos. Comer y beber allí no era solo alimentarse, era participar del ritual colectivo de la fiesta.

Foto: Difusión

En los ratos más tranquilos caminé por el malecón del lago Titicaca, vi el atardecer pintando el agua de naranja y entendí por qué este lugar es sagrado para tantas culturas. También subí a algún mirador desde donde la ciudad parecía un mar de techos con música brotando por todos lados. La fe estaba en el templo, sí, pero también en cada casa que adornaba su puerta, en cada familia que acompañaba a “su” conjunto de danza, en cada niño que miraba con ojos enormes a los danzantes.

Foto: Difusión

Lo que más me marcó fue la procesión: ver a la imagen de la Virgen avanzar entre flores, velas y lágrimas, mientras la multitud rezaba y cantaba, me hizo sentir parte de algo mucho más grande que un viaje turístico. Yo, que había llegado como visitante, terminé caminando en silencio, con un nudo en la garganta, entendiendo que la Candelaria no se mira desde afuera: se vive, se siente, se deja entrar.

Por eso, cuando alguien me pregunta si vale la pena ir, no lo dudo. La Fiesta de la Candelaria no es solo una fecha en febrero, es una experiencia que mezcla altura, música, fe, historia, comida y comunidad como en pocos lugares del mundo. Si este año tienes la oportunidad, ve a Puno, abrígate bien, déjate llevar por las bandas y las danzas, prueba su comida, habla con su gente y camina junto a la Virgen. Yo fui por curiosidad y regresé con el corazón lleno.