La Fiesta de la Candelaria en Puno constituye uno de los escenarios más intensos de diálogo cultural en los Andes, donde la danza y el vestuario revelan siglos de mestizaje simbólico. En sus comparsas conviven herencias prehispánicas, tradiciones coloniales y aportes contemporáneos que transforman la celebración en un museo vivo en movimiento. Cada coreografía es más que espectáculo: es memoria colectiva que se despliega en el espacio público, frente al lago Titicaca, como una ofrenda estética y espiritual. La fe católica en la Virgen de la Candelaria se entrelaza con antiguas cosmovisiones andinas, donde la música, el color y el cuerpo son vehículos de comunicación con lo sagrado. Así, la danza no se limita al arte escénico, sino que es un lenguaje cultural total.

VIDEO: Parada y Veneración de Danzas de Trajes de Luces  Virgen de La Candelaria 2026

Foto: Difusión

Entre las danzas más representativas se encuentran la Diablada Puneña, la Morenada, los Caporales, la Llamerada y las Sikuris, cada una con raíces y sentidos distintos. La Diablada combina imaginarios cristianos del bien y el mal con figuras míticas andinas, como el supay o espíritu del mundo subterráneo, creando máscaras de diablos que son verdaderas esculturas portátiles. La Morenada evoca la memoria de la población afrodescendiente y la historia colonial, mientras que su ritmo pausado y sus matracas sugieren el peso del pasado. En los Caporales, de origen más reciente, se mezclan elementos urbanos, teatralidad y virtuosismo físico, mostrando cómo la tradición también se reinventa. Estas danzas revelan que la Candelaria no es estática, sino un proceso cultural en constante transformación.

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Foto: Difusión

El vestuario es uno de los aspectos más impactantes de la fiesta y constituye una síntesis de arte textil, metalistería, bordado y diseño. Los trajes, elaborados por artesanos especializados, incorporan pedrería, hilos metálicos, lentejuelas y bordados minuciosos que pueden tardar meses en completarse. En ellos aparecen símbolos andinos como la chakana, figuras de animales tutelares y paisajes altiplánicos, junto a iconografía cristiana como ángeles, vírgenes o cruces. Las máscaras, especialmente en la Diablada, presentan rasgos zoomorfos, serpientes, cóndores y dragones, mostrando una fusión de mitologías. Cada detalle visual no solo busca deslumbrar, sino narrar una historia de identidad, devoción y pertenencia.

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El color cumple un papel central en esta estética festiva. Tonos intensos como el rojo, el dorado, el verde y el azul dominan la escena, generando un efecto visual casi hipnótico cuando las comparsas se desplazan en bloque. Estos colores no son arbitrarios: evocan fertilidad, poder, protección y relación con la naturaleza, conceptos profundamente arraigados en la cosmovisión andina. Al mismo tiempo, reflejan la influencia de la cultura barroca traída durante la colonia, donde la exuberancia visual era una forma de expresar lo divino. El resultado es una teatralidad que convierte las calles de Puno en un escenario total, donde arte, religión y comunidad se funden.

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Foto: ANDINA/ Carlos Lezama Villanto

La música, inseparable de la danza, también muestra esa convergencia cultural. Bandas de bronce, tambores, bombos y platillos conviven con instrumentos tradicionales como zampoñas y sikus, creando una sonoridad potente que guía el movimiento de los bailarines. El ritmo no solo marca pasos, sino que organiza la energía colectiva de miles de danzantes que avanzan durante horas en procesiones y concursos. Esta experiencia corporal prolongada refuerza el carácter ritual de la fiesta, donde el esfuerzo físico se ofrece como acto de fe. El cuerpo del danzante se convierte así en espacio de expresión cultural y devoción religiosa al mismo tiempo.

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Tierra Viva

En la actualidad, la Candelaria también refleja influencias globales, visibles en nuevos materiales, técnicas de confección y estilos coreográficos que dialogan con lo tradicional. Sin embargo, lejos de diluir su esencia, estas incorporaciones muestran la vitalidad de una cultura que sabe adaptarse sin perder su raíz. Los trajes pueden brillar con tecnología moderna, pero siguen portando símbolos ancestrales; las coreografías pueden sofisticarse, pero conservan su base ritual. La fiesta demuestra que la identidad cultural no es una reliquia inmóvil, sino una construcción dinámica que integra pasado y presente.

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Tierra Viva

La danza y el vestuario de la Fiesta de la Candelaria, por tanto, no son simples elementos decorativos de una celebración religiosa, sino expresiones artísticas complejas que condensan historia, fe y creatividad colectiva. En cada paso y en cada bordado late la memoria de pueblos que han sabido transformar el dolor, la conquista y la mezcla cultural en belleza compartida. Para el observador, asistir a este despliegue es presenciar cómo el arte popular alcanza una dimensión monumental. Puno, durante esos días, se convierte en un gran escenario donde la cultura andina dialoga con el mundo, afirmando su profundidad simbólica a través del movimiento y el color.