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La historia de la humanidad puede leerse como la historia de sus formas de escritura. Cada civilización ha dejado su huella no solo en lo que escribió, sino en cómo lo escribió. Desde las tablillas de barro de la antigua Sumeria hasta la escritura digital asistida por inteligencia artificial, la escritura ha sido siempre una tecnología cultural que refleja la manera en que los seres humanos piensan, organizan el poder, transmiten el conocimiento y se proyectan hacia el futuro.

La evolución de la escritura no solo ha modificado la forma en que los seres humanos registran ideas, sino que ha transformado radicalmente la manera en que el conocimiento se desarrolla, se acumula y se transmite entre generaciones. Cada tecnología de escritura ha configurado un tipo específico de saber, ha delimitado quiénes pueden acceder a él y ha definido el ritmo con el que las sociedades piensan y recuerdan. Desde las tablillas de arcilla hasta la escritura digital asistida por inteligencia artificial, la historia del conocimiento es inseparable de la historia de sus soportes.

En la antigua Sumeria, hacia el 3200 a. C., surgió la escritura cuneiforme, considerada el primer sistema de escritura de la historia. Grabada con un estilete en tablillas de arcilla húmeda, esta escritura nació con una finalidad práctica: registrar transacciones económicas, inventarios, impuestos, leyes y contratos. El acto de escribir era físico, lento y duradero; la tablilla, una vez cocida, se convertía en archivo. La escritura no era expresión individual, sino una herramienta administrativa del Estado y del templo. El conocimiento estaba concentrado en una élite de escribas, cuya formación tomaba años y garantizaba el control de la memoria social.

En las primeras civilizaciones mesopotámicas, el conocimiento escrito era esencialmente acumulativo y administrativo. Las tablillas de arcilla, duraderas pero pesadas, favorecían un saber estático, conservador y centralizado. El conocimiento se archivaba más de lo que se debatía. Los escribas, formados durante años, monopolizaban la escritura y, con ella, la memoria colectiva. El saber se transmitía de manera vertical, de maestro a aprendiz, y su función principal era sostener el orden económico, jurídico y religioso. La lentitud del proceso reforzaba la autoridad de la tradición.

Algo similar ocurrió en el antiguo Egipto con los jeroglíficos, aunque allí la escritura adquirió una dimensión simbólica y sagrada. Escribir era, literalmente, un acto religioso: las palabras daban permanencia al alma, aseguraban la vida después de la muerte y conectaban al faraón con los dioses. El soporte —piedra, madera o papiro— determinaba la función del texto: lo eterno se tallaba, lo administrativo se escribía. La escritura, en ambos casos, no solo comunicaba, sino que ordenaba el mundo.

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Con los jeroglíficos egipcios y los primeros sistemas ideográficos, el conocimiento adquirió una dimensión simbólica y trascendente. Escribir no solo era registrar, sino perpetuar. La acumulación del saber estaba orientada a la eternidad, y la transmisión se realizaba a través de textos sagrados, monumentos y rituales. La escritura, al estar ligada al poder divino, legitimaba jerarquías sociales y cosmológicas. El conocimiento no se discutía: se veneraba.

Con la invención del papiro y más tarde del pergamino, la escritura comenzó a liberarse del peso de la piedra y del barro. El conocimiento se volvió transportable. En Grecia y Roma, la escritura alfabética simplificó el aprendizaje y amplió el acceso al pensamiento abstracto. Aparecieron la filosofía, la historiografía y la literatura como ejercicios reflexivos que ya no dependían exclusivamente del poder religioso o estatal.

La aparición de soportes ligeros como el papiro y el pergamino transformó la circulación del saber. El conocimiento se volvió portátil y, por tanto, más dinámico. El saber comenzó a organizarse de manera argumentativa y crítica. Aunque seguía siendo elitista, la escritura ya no solo conservaba, sino que producía conocimiento nuevo. La transmisión se amplió mediante escuelas, bibliotecas y academias, y el pensamiento adquirió una dimensión dialógica. Sin embargo, el libro seguía siendo un objeto escaso, copiado a mano, reservado a bibliotecas, monasterios y élites cultas.

Durante la Edad Media, el manuscrito consolidó un modelo de conocimiento acumulativo y comentado. Los textos se copiaban, se glosaban y se reinterpretan, creando una tradición intelectual continua. El saber se transmitía lentamente, pero con profundidad. La escasez de libros reforzaba su valor simbólico y espiritual. El conocimiento estaba custodiado por instituciones religiosas, que regulaban tanto su contenido como su circulación.

El gran punto de inflexión llegó en el siglo XV con la invención de la imprenta de tipos móviles por Johannes Gutenberg. La escritura se multiplicó, se democratizó y se aceleró. El libro impreso permitió la Reforma, la ciencia moderna, la expansión de la educación y la emergencia del individuo lector. La palabra escrita dejó de ser privilegio y se convirtió en un campo de disputa. Como señalaría siglos después Marshall McLuhan, cada medio no solo transmite contenido, sino que transforma la manera de pensar: la imprenta consolidó el pensamiento lineal, lógico y secuencial que caracterizó a la modernidad.

La imprenta marcó un quiebre decisivo. Al multiplicar los textos, aceleró la acumulación del conocimiento. La escritura impresa permitió la estandarización del saber, la comparación de ideas y la crítica pública. El conocimiento dejó de ser local y se volvió expansivo. La ciencia moderna, con su énfasis en la verificación y la difusión, es impensable sin la imprenta. El lector individual emergió como una figura central, capaz de formarse una opinión propia a partir del acceso directo a los textos.

Así, durante siglos, la escritura permaneció ligada al papel. Pero a finales del siglo XX, la digitalización alteró radicalmente esta relación. La escritura dejó de ser un objeto para convertirse en un flujo. El texto ya no estaba fijado: podía corregirse, copiarse, compartirse, borrarse. Internet rompió las fronteras entre autor y lector, entre escritura privada y pública. Blogs, redes sociales, correos electrónicos y plataformas digitales transformaron la escritura en un acto cotidiano, inmediato y masivo.

Hoy, con la irrupción de la inteligencia artificial, asistimos a una nueva mutación histórica. Por primera vez, la escritura no es exclusivamente humana. Los sistemas de IA pueden generar textos, resumir ideas, traducir lenguas, imitar estilos literarios y dialogar con el conocimiento acumulado de la humanidad. Esto plantea preguntas profundas: ¿quién escribe?, ¿qué significa crear?, ¿dónde termina la herramienta y comienza el autor?

Desde una perspectiva comparada, la escritura con inteligencia artificial no sustituye las formas anteriores, del mismo modo que el papiro no eliminó la piedra ni la imprenta borró el manuscrito. Cada tecnología amplifica las capacidades humanas. Así como el escriba sumerio necesitaba del estilete y el barro, el escritor contemporáneo dialoga con algoritmos y bases de datos. La diferencia es la velocidad, la escala y la capacidad de interconexión global.

Con la escritura digital, el conocimiento ingresó en una fase de hiperacumulación. Nunca antes la humanidad había producido, almacenado y transmitido tanta información en tan poco tiempo. La digitalización rompió las barreras del espacio y del tiempo, pero también diluyó las jerarquías del saber. La transmisión dejó de ser lineal para volverse reticular. El conocimiento ya no se conserva únicamente en bibliotecas, sino en redes, servidores y nubes digitales. La memoria se externalizó, y la atención se fragmentó.

La irrupción de la inteligencia artificial introduce una nueva etapa: la del conocimiento asistido y co-producido. La IA no solo almacena información, sino que la procesa, la relaciona y la genera. Esto transforma profundamente el desarrollo del conocimiento, que pasa de ser exclusivamente humano a ser híbrido. La acumulación deja de depender de la capacidad individual y se apoya en sistemas capaces de integrar millones de textos. La transmisión se vuelve personalizada, adaptativa y casi instantánea.

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Sin embargo, esta evolución plantea desafíos culturales inéditos. Si en la arcilla el problema era la escasez, en la era digital el riesgo es la saturación. Si antes el conocimiento se perdía por fragilidad material, hoy puede diluirse por exceso. La tecnología amplifica el saber, pero no garantiza comprensión ni sabiduría. Como en todas las etapas anteriores, el soporte condiciona el contenido y exige nuevas formas de educación, ética y discernimiento.

La historia demuestra que cada tecnología de escritura no elimina a la anterior, sino que la reconfigura. El conocimiento humano avanza por capas superpuestas, donde conviven la memoria ancestral y la innovación técnica. La escritura con inteligencia artificial no representa el fin del conocimiento, sino una nueva forma de mediación. El desafío contemporáneo no es técnico, sino cultural: aprender a gobernar estas herramientas para que el desarrollo, la acumulación y la transmisión del conocimiento sigan estando al servicio de la comprensión humana y no de su sustitución.

La prospección futura de la escritura apunta hacia formas híbridas: textos multimodales, escritura aumentada, colaboración humano-máquina y nuevos lenguajes que integren imagen, sonido y datos. Sin embargo, el núcleo permanece intacto. La escritura sigue siendo una forma de memoria, de identidad y de poder. Como en Sumeria, quien controla la escritura —hoy traducida en información y algoritmos— controla también la interpretación del mundo.

En ese largo trayecto que va de la tablilla de barro al texto generado por inteligencia artificial, la humanidad no ha abandonado la escritura: la ha transformado. Cambian los soportes, cambian los instrumentos, cambian los actores, pero persiste la necesidad fundamental de dejar huella, de comprender la realidad y de transmitir sentido más allá del tiempo. La escritura, lejos de extinguirse, sigue siendo el espejo más fiel de nuestra evolución cultural.