PORTADA HISPANA.-
Datos recientes del Observatorio de Políticas Públicas de la Universidad del Pacífico señalan que entre 2010 y 2023 la proporción de limeños de 25 a 39 años que vive sin pareja ni hijos ha crecido más de 40 %, una señal de cambio en los patrones de convivencia tradicionales.
En la ciudad de Lima, capital del Perú y hogar de más de 11 millones de personas, las tendencias demográficas reflejan una transformación en la estructura familiar que anticipa un crecimiento sostenido de los hogares unipersonales o “monofamilias” en los próximos años. Según estimaciones del Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) y proyecciones elaboradas por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), mientras que en 2007 los hogares unipersonales representaban alrededor del 12 % de todos los hogares limeños, para el año 2025 esta proporción supera el 18 %, y se espera que continúe en ascenso hacia 2035, impulsada por factores sociales, económicos y culturales.
En las últimas décadas, la familia monofamiliar —entendida como el hogar compuesto por una sola persona— se ha consolidado como una de las transformaciones demográficas más significativas de las sociedades contemporáneas. Lo que antes era considerado una excepción asociada a la viudez, al celibato religioso o a etapas transitorias de la vida adulta, hoy se ha convertido en un patrón estructural en países altamente industrializados y urbanizados. Naciones Unidas, la OCDE y Eurostat coinciden en señalar que los hogares unipersonales son el tipo de hogar que crece con mayor rapidez en el mundo desarrollado, reflejando cambios profundos en la economía, la cultura y las formas de vinculación social.
Las razones de esta expansión son múltiples y convergentes. En primer lugar, el retraso en la edad del matrimonio y de la maternidad o paternidad, junto con el aumento del divorcio y de las separaciones, ha incrementado el número de adultos que viven solos durante periodos prolongados. A ello se suma el envejecimiento poblacional: millones de personas mayores, especialmente mujeres, sobreviven a sus parejas y optan —o se ven obligadas— a vivir solas. Según la OCDE, en países como Suecia, Alemania y Japón, más del 40 % de los hogares ya son unipersonales, una cifra impensable a mediados del siglo XX.
Otro factor decisivo es el cambio cultural asociado al individualismo moderno. Autores como Ulrich Beck y Zygmunt Bauman han descrito cómo las sociedades contemporáneas privilegian la autonomía personal, la autorrealización y la libertad de elección por encima de los vínculos tradicionales y permanentes. Vivir solo deja de ser un fracaso social y se convierte, en muchos casos, en una elección consciente vinculada a la independencia emocional, profesional y económica. En grandes ciudades globales como Tokio, Berlín, París, Nueva York o Seúl, la monofamilia se asocia incluso a estilos de vida urbanos, creativos y altamente móviles.
La estructura económica también desempeña un papel central. La expansión del empleo precario, la inestabilidad laboral y el encarecimiento de la vivienda dificultan la formación de familias tradicionales, especialmente entre los jóvenes. Paradójicamente, en algunos contextos urbanos, vivir solo resulta más viable que sostener un hogar familiar, aunque implique espacios más pequeños y mayores costos per cápita. El mercado inmobiliario ha respondido a esta tendencia con el crecimiento de microapartamentos, estudios y residencias diseñadas específicamente para una sola persona, lo que refuerza el fenómeno.
Desde el punto de vista sociológico, la familia monofamiliar presenta características distintivas. Se trata de hogares con altos niveles de consumo individualizado, mayor dependencia de servicios externos (alimentación, cuidado, entretenimiento) y una intensa mediación tecnológica en las relaciones sociales. La soledad objetiva —vivir solo— no siempre coincide con la soledad subjetiva, ya que muchos individuos mantienen redes sociales amplias a través de entornos digitales. Sin embargo, diversos estudios en psicología social advierten que el aislamiento prolongado puede aumentar los riesgos de depresión, ansiedad y deterioro de la salud mental, especialmente en adultos mayores.
Geográficamente, este tipo de familia se multiplica con mayor intensidad en Europa del Norte, Europa Occidental, Asia Oriental y América del Norte. Japón es un caso paradigmático: más del 35 % de sus hogares son unipersonales, fenómeno vinculado al envejecimiento extremo, al bajo índice de natalidad y a una cultura laboral altamente demandante. En América Latina, aunque la familia extensa y nuclear sigue siendo dominante, los hogares unipersonales crecen con rapidez en capitales como Buenos Aires, Santiago, São Paulo, Ciudad de México y Lima, impulsados por la urbanización acelerada y los cambios generacionales.
Las implicancias demográficas y sociales de la monofamilia son profundas. Afectan los sistemas de pensiones, la planificación urbana, el consumo energético y las políticas de salud pública. Un mayor número de hogares pequeños incrementa la demanda de recursos por persona y desafía los modelos tradicionales de solidaridad familiar, trasladando al Estado y al mercado funciones que antes cumplía la familia. Al mismo tiempo, obliga a repensar las políticas de cuidado, especialmente para una población que envejece viviendo sola.
De cara al futuro, la mayoría de proyecciones demográficas coinciden en que la familia monofamiliar seguirá creciendo, especialmente en contextos de alta urbanización, digitalización y longevidad. No se trata de la desaparición de la familia tradicional, sino de su coexistencia con nuevas formas de organización doméstica que reflejan la complejidad del mundo contemporáneo. Como señala el demógrafo Dirk van de Kaa, vivimos una “segunda transición demográfica” en la que las decisiones individuales sobre cómo y con quién vivir redefinen silenciosamente la estructura misma de la sociedad.

Lima.-
La expansión de la monofamilia en Lima está ligada a varios fenómenos demográficos relacionados: el retraso en la edad para contraer matrimonio, el aumento de la población adulta que opta por vivir sola después del divorcio o la viudez, y el crecimiento de una cohorte juvenil que prioriza la independencia económica y habitacional. Datos recientes del Observatorio de Políticas Públicas de la Universidad del Pacífico señalan que entre 2010 y 2023 la proporción de limeños de 25 a 39 años que vive sin pareja ni hijos ha crecido más de 40 %, una señal de cambio en los patrones de convivencia tradicionales.
Este fenómeno no es exclusivo de las grandes megalópolis globales, pero en Lima se ve acentuado por la intensidad de la urbanización y la movilidad laboral. El INEI proyecta que para 2030 el número absoluto de hogares unipersonales en la capital podría superar los 600,000, representando casi una quinta parte del total de hogares urbanos. Este incremento responde tanto al envejecimiento poblacional —cada vez más adultos mayores optan por vivir sin cargas familiares directas— como a la preferencia entre adultos jóvenes por estilos de vida independientes antes de formar una familia nuclear.
Los especialistas en demografía urbana advierten que el crecimiento de la monofamilia tiene implicancias profundas para la planificación de servicios públicos y la política social. Los hogares unipersonales tienden a requerir mayor acceso a servicios de salud, transporte y seguridad adaptados a personas que viven solas, así como infraestructura de vivienda más accesible en tamaño y costo. En Lima, donde el mercado inmobiliario ha visto un auge de “microdepartamentos” y estudios diseñados para una sola persona, estas tendencias parecen anticipar una demanda en expansión para las próximas dos décadas.
Las proyecciones también muestran diferencias significativas por distritos. En áreas centrales y de clase media alta como Miraflores, San Isidro y Surco, los hogares unipersonales representan ya entre el 22 % y el 28 % del total, mientras que en distritos con menor ingreso per cápita la tendencia es más incipiente pero en crecimiento constante. Este patrón sugiere que la monofamilia no es solo un fenómeno de edad o estado civil, sino también una expresión de diversificación socioeconómica dentro de la misma metrópoli.
Más allá de cifras, la expansión de la familia monofamiliar en Lima refleja cambios culturales y estilos de vida asociados al mundo urbano contemporáneo: la valorización de la autonomía individual, la movilidad laboral, la educación superior extendida y una vida social digital que complementa —aunque no sustituye— las redes de convivencia tradicionales. Para muchos analistas urbanos, la familia monofamiliar es menos un “problema” demográfico y más un indicador de la flexibilidad social y la pluralidad de formas de habitar la ciudad.
A medida que Lima continúa su proceso de crecimiento y consolidación como una de las metrópolis más pobladas de América Latina, las estadísticas sobre hogares unipersonales no solo revelan cifras que aumentan año tras año, sino una transformación en la manera en que las personas eligen vivir, relacionarse y construir sus proyectos personales en un entorno urbano dinámico. Esta transformación, tal como lo demuestran los datos del INEI y de las encuestas de hogares, sugiere que la monofamilia será una estructura familiar cada vez más común en el paisaje demográfico de la capital peruana.




