Lima fue, desde su fundación el 18 de enero de 1535, mucho más que una ciudad: fue el centro político, económico y cultural del poder español en Sudamérica. Como capital del Virreinato del Perú, concentró instituciones, comercio, imprentas, universidades y una élite criolla que la convirtió durante siglos en la ciudad más influyente del continente al sur de Panamá. Autores como Jorge Basadre y Raúl Porras Barrenechea coinciden en que Lima fue un eje articulador del imperio español, una ciudad pensada para gobernar territorios vastísimos y heterogéneos, con una vida urbana sofisticada para su tiempo.
Para muchos historiadores, el primer gran quiebre ocurre con la Independencia en 1821. Al dejar de ser la capital del poder imperial, Lima pierde su razón geopolítica central: ya no administra un imperio, sino un Estado republicano frágil, empobrecido y fragmentado. Basadre hablaba de una “república sin ciudadanos” y Lima pasó de ser metrópoli imperial a capital de un país en construcción, con recursos limitados y conflictos internos permanentes. Sin embargo, otros sostienen que la ciudad mantuvo su primacía regional durante gran parte del siglo XIX gracias a su centralismo político y comercial.

Un segundo golpe decisivo fue la ocupación chilena de Lima, iniciada el 17 de enero de 1881, víspera del aniversario 343 de la ciudad. La derrota militar y la ocupación durante casi tres años significaron no solo destrucción material, sino un profundo trauma simbólico. Historiadores como Heraclio Bonilla señalan que, desde entonces, Lima dejó de pensarse como una ciudad hegemónica y empezó a mirarse a sí misma desde la derrota, la precariedad y la dependencia. La guerra marcó el fin definitivo de cualquier aspiración de liderazgo continental.
El siglo XX trajo otro cambio radical: la explosión demográfica producto de la migración masiva desde las regiones del Perú. Entre 1940 y 1980, Lima pasó de ser una ciudad relativamente pequeña y ordenada a una megaciudad caótica. José Matos Mar describió este proceso como el “desborde popular”, donde la ciudad fue reinventada por millones de migrantes que llegaron buscando oportunidades que el Estado no supo planificar ni integrar adecuadamente. Lima dejó de ser una ciudad virreinal para convertirse en una capital desigual y fragmentada.

¿Por qué Lima nunca volvió a ser lo que fue? Porque el mundo cambió y la ciudad no logró adaptarse estratégicamente. Mientras Buenos Aires o Río de Janeiro se integraron a circuitos industriales, culturales y financieros globales, Lima quedó atrapada en un centralismo político sin desarrollo urbano sostenido, con economías extractivas y una débil institucionalidad. Como señala el urbanista Gustavo Riofrío, Lima creció en población, pero no en proyecto de ciudad.

Hoy Lima es una megaciudad de contrastes: centro del poder político y económico del Perú, pero también símbolo de desigualdad, informalidad y precariedad urbana. Ya no es capital imperial ni metrópoli sudamericana, sino una ciudad andina, costeña y global a la vez, atravesada por migraciones internas y externas, por economías formales e informales, por memorias coloniales y aspiraciones modernas. Lima ya no es lo que fue, pero sigue siendo el espejo más claro de lo que el Perú es y de lo que aún no ha logrado ser.




