No comentamos el mismo error de los 90. Después de casi 30 años de madurez tecnológica desde la aparición de Internet, no podemos ser ingenuos con el impacto de la IA en nuestras infancias, juventudes, economías y sociedad.
Lo voy a escribir con claridad: ya hemos vivido casi 30 años desde que Internet llegó a nuestras vidas. Para los que vivimos su adopción, evolución y maduración, la gran fotografía que tenemos es de “progreso” pero nunca logramos “democratizar” ese progreso. Y la razón es una muy simple: nunca invertimos en el desarrollo de una verdadera “cultura digital”. Es decir, en América Latina todos nos convertimos en “usuarios/consumidores” pero una parte mínima en “creadores conscientes”, que lograron aprovechar el potencial verdadero de cada disrupción tecnológica.
Hoy estamos frente a una nueva disrupción, la más potente de toda la historia de la humanidad: la Inteligencia Artificial. Y la pregunta más importante en este momento, es respondernos cómo queremos entenderla, aprovecharla pero sobre todo, liderarla. Porque la IA es un potenciador de todo lo que hemos hecho y dejado hacer en la fase previa “digital-conectada”.
Mientras escribo este artículo, se está desarrollando el Congreso Futuro en Chile. Uno de los temas centrales del evento ha sido la prohibición de teléfonos inteligentes en las aulas chilenas, luego de que la Cámara de Diputados ratificara el proyecto el 2 de diciembre de 2024 con amplia mayoría. El ministro de Educación, Nicolás Cataldo, calificó esta medida como una respuesta a la «pandemia» de celulares en las escuelas. Los establecimientos educacionales tendrán plazo hasta junio de 2026 para actualizar sus reglamentos internos.
La ley aprobada prohíbe el uso de teléfonos móviles y dispositivos electrónicos similares en las aulas de todos los niveles educativos, desde parvularios hasta secundaria. La medida busca reducir distracciones y mejorar el rendimiento académico, la convivencia y la salud emocional de los estudiantes.
El mismo debate se está llevando en ciudades como Medellín en Colombia, en donde compañías como COMFAMA han abierto el debate público respecto a una pregunta: qué tal si sacamos el teléfono móvil del aula. Como parte de una campaña o iniciativa de reflexión sobre el uso de celulares en entornos educativos, más que una política o servicio específico que se pueda «sacar» mediante un proceso administrativo.
La campaña busca promover la concentración y reducir las distracciones en las aulas.
Por ahora en Colombia no existe una política nacional que elimine por completo los teléfonos móviles de todas las escuelas. La Ley 2170 de 2021 regula su uso adecuado en entornos educativos, dejando la decisión de restricciones a cada institución mediante acuerdos de convivencia escolar.
En la ciudad en la que habito, Querétaro, su Congreso aprobó por unanimidad en 2025, una reforma que prohíbe el uso de celulares en clases y endurece penas por grooming y delitos digitales contra menores.
En específico, la “Ley para la Protección de Niñas, Niños y Adolescentes en el Entorno Digital”, establece medidas para regular el uso de celulares en escuelas y restringir el acceso de menores a redes sociales en horario de clases, con el objetivo de prevenir delitos digitales como el grooming y el sexting.
La secretaria de Educación del estado, Martha Elena Soto, informó que se están aplicando encuestas en niveles de educación básica y media superior para evaluar el impacto de estas medidas.
¿Prohibir es la solución?
Lo cierto es que históricamente nunca hemos resuelto nada tomando la postura de la “prohibición”. No podemos solo prohibir el Internet, las redes sociales, los smartphones o la IA solo porque tenemos evidencia que tienen efectos negativos en una generación.
El problema no radica en la tecnología per se, sino en la forma en que la utilizamos y comprendemos, una vieja conclusión que nunca terminamos de interiorizar.
No podemos darnos el lujo de volver a ser ingenuos frente a nuestra tecnología. Lo que necesitamos es entender profundamente por qué experimentamos esos efectos negativos. Descubriremos entonces que existe un vacío en la manera en que hemos desarrollado nuestra «cultura digital» en torno a estas herramientas.
Las preguntas interesantes serían: ¿Cómo usar las redes sociales de forma benéfica? ¿Cómo comprender el impacto y las oportunidades que nos ofrece el mundo conectado? ¿Qué ventajas aportan a la educación los avances en gamificación, diseño de experiencia, diseño de interfaz y diseño de comportamiento provenientes del mundo de los videojuegos? ¿Cómo puede la inteligencia artificial contribuir a nuestro crecimiento sin desplazar los elementos que nos permitieron convertirnos en estos evolucionados animales sociales y culturales? Y la más importante: ¿Cómo involucramos a todos los actores —política, empresas, educadores, padres de familia, medios y sociedad— para elevar nuestro nivel cultural respecto a temas tecnológicos y resolver el analfabetismo digital existente?

Responderlas es urgente. Lo era desde los años 90, cuando comenzamos a pensar ingenuamente sobre los futuros de estos temas, pero ahora que ya los tenemos entre nosotros, necesitamos atenderlas con prioridad y evidencia, sobre todo ante la llegada de la inteligencia artificial.
No se trata de censurar el teléfono móvil, Internet, la IA o cualquier nueva tecnología que experimentemos como especie. Se trata de cómo integramos eficientemente esa tecnología en el ecosistema cultural, social, educativo, económico y político, de manera que nos permita como humanos aprovechar al máximo estas herramientas tecnológicas para nuestro beneficio como especie.
Se necesita que todos los actores estén «al nivel» de la conversación y el reto. Pero lamentablemente no lo están. Tenemos una clase política analfabeta en temas tecnológicos, una clase empresarial sin ética enfocada solo en el negocio, una clase educativa rezagada y en muchos sentidos «obsoleta» frente a los cambios de paradigma educativos, y un estado humano general que no entiende cómo funciona la tecnología que usa todos los días.
Y lo urgente es esto: si tal situación está ocurriendo con Internet, que ya tiene tres décadas en nuestras vidas, ¿qué niveles alcanzaremos cuando la inteligencia artificial logre los niveles de adopción de Internet? ¿Qué pasará cuando dejemos atrás a nuestros influencers humanos y sean reemplazados por avatares artificiales individualizados? ¿Estamos preparados para ese mundo? Hoy la respuesta es un contundente no, y nos movemos velozmente hacia ese escenario.
¿Y la regulación en América Latina?
Chile propuso su “Política Nacional de Inteligencia Artificial” y tiene un proyecto de Ley que regula los sistemas de inteligencia artificial que busca asegurar que el desarrollo y uso de estas tecnologías sea respetuoso de los derechos de las personas, fomentar la innovación y fortalecer la capacidad del Estado para actuar frente a sus riesgos y desafíos.
Este proyecto propone reglas claras para quienes desarrollan, implementan o comercializan sistemas de IA, entregando certezas e impulsando el emprendimiento; y promoviendo un uso ético, transparente y responsable de la IA en beneficio de todas y todos.
En Argentina, el “Marco regulatorio para el desarrollo, implementación y uso de la Inteligencia Artificial (IA) en la Administración Pública Nacional” busca establecer fundamentos conceptuales y prácticos que favorezcan el buen gobierno, definir principios rectores para la implementación ética de IA en el sector público, fomentar la incorporación de la IA en procesos administrativos para mejorar la eficiencia y asegurar la protección de los derechos humanos, la privacidad y la equidad en su aplicación.
Otro par de países que tiene un marcos legales específicos vigentes sobre IA son El Salvador y Perú. Este último aprobó la Ley 31814 en 2023 para promover el uso ético de IA en el desarrollo económico-social, complementada por un reglamento en septiembre de 2025. Estos marcos enfatizan gobernanza ética sin frenar el avance tecnológico.
Por su parte, Brasil lidera con el Proyecto de Ley, aprobado en el Senado en 2024 y pendiente en la Cámara de Diputados para 2025-2026; que clasifica sistemas por riesgos (prohibidos, altos y bajos), exige transparencia y supervisión humana, con implementación gradual desde diciembre 2025.
Este proyecto de ley establece que el desarrollo, la implementación y el uso de sistemas de inteligencia artificial en Brasil deberán considerar, entre otras prioridades:
- La centralidad de la persona humana
- El respeto a los derechos humanos y a los valores democráticos
- El libre desarrollo de la personalidad
- La protección del medio ambiente y el desarrollo sostenible
- La igualdad, la no discriminación, la pluralidad y el respeto a los derechos laborales
- El desarrollo tecnológico y la innovación
Finalmente, México propone la Ley Federal para la Regulación de la IA, creando una Comisión Nacional de IA (CONAIA) para riesgos altos y ética. Esta y otras propuestas están en discusión en comisiones del Congreso, con énfasis en modelos de riesgo similar al europeo y creación de consejos éticos.
Podríamos decir que por ahora nuestra región, América Latina, presenta un panorama regulatorio larvario sobre la Inteligencia Artificial (IA), debido a que la prioridad de la región está en la adopción y el equilibrio de la innovación con protección de derechos, como privacidad y no discriminación, aunque enfrenta desafíos de implementación fragmentada.
¿En dónde está nuestra oportunidad?
Mucho más importante que la regulación misma y con la experiencia acumulada en los últimos años, podemos afirmar que el foco ahora debería estar en cómo educamos a nuestros niños, profesores, políticos, empresarios, emprendedores, médicos, profesionistas y demás actores sociales para comprender los alcances y oportunidades de la inteligencia artificial.
Si volvemos a apostar por no hacer nada, crearemos una generación de profundos analfabetas tecnológicos convertidos en consumidores adictos a la tecnología, el placer y el entretenimiento, en lugar de creadores que potencien sus habilidades, conocimiento y emoción para la generación de riqueza humana: economía, cultura, arte, bienestar.
Sí, la regulación es importante, pero las acciones conscientes también lo son. Esta es la oportunidad. La tomamos o la perdemos una vez más.
Por WIRED





