La resiliencia de la economía peruana frente a un torbellino político que ha visto desfilar diez presidentes en un suspiro temporal es, para muchos analistas, un caso de estudio sin parangón en la región. El reciente colapso de la gestión de Jose Jeri bajo la sombra de la corrupción y el ascenso de Jose Maria Balcazar, con su marcada tendencia ideológica, añaden nuevos capítulos a una crisis que parece no tener fin. Sin embargo, a pesar de este entorno de desconfianza institucional y de la polarización que fractura al país, los indicadores macroeconómicos mantienen una solidez que desafía la lógica política convencional. Este fenómeno, conocido como el «doble carril», permite que la actividad comercial y financiera respire en una atmósfera distinta a la del Palacio de Gobierno, manteniendo al sol como una de las monedas más estables de América Latina.

El pilar fundamental de esta asombrosa estabilidad radica en la autonomía constitucional del Banco Central de Reserva del Perú, una institución que ha blindado la política monetaria de los vaivenes electorales. Mientras los mandatarios entran y salen de prisión o enfrentan juicios por prebendas, el ente emisor mantiene una meta de inflación técnica y una gestión de reservas internacionales envidiable que protege el poder adquisitivo. Esta separación de poderes fácticos asegura que, sin importar si quien ocupa el sillón presidencial es de tendencia comunista o conservadora, el manejo de la moneda no se convierta en una herramienta de populismo. La arquitectura institucional diseñada en las últimas décadas ha creado un dique de contención que evita que la fiebre política contagie de hiperinflación al sistema de precios local.

Otro factor determinante es la disciplina fiscal que, a pesar de las presiones por un mayor gasto público en contextos de crisis social, ha logrado mantenerse dentro de rangos razonables gracias a un marco legal rígido. El Ministerio de Economía y Finanzas suele operar bajo parámetros técnicos que sobreviven a los cambios de gabinete, lo que proyecta una imagen de responsabilidad ante los acreedores internacionales. Perú posee una de las ratios de deuda sobre el Producto Bruto Interno más bajas de la región, lo que le otorga un margen de maniobra que otros vecinos ya han agotado. Esta salud en las cuentas públicas permite que el país siga siendo un destino viable para la inversión extranjera directa, especialmente en sectores extractivos que son el motor del crecimiento nacional.

No podemos ignorar que la estructura productiva del país, fuertemente anclada en la exportación de materias primas como el cobre y el oro, proporciona un flujo de divisas constante que amortigua los choques internos. La demanda global de minerales no se detiene ante los escándalos de corrupción en Lima, permitiendo que la balanza comercial registre superávits que sostienen el crecimiento económico a pesar del ruido político. No obstante, este modelo de resiliencia tiene sus límites y el desgaste institucional prolongado comienza a pasar factura en la confianza empresarial a largo plazo y la ejecución de infraestructura. El gran reto para la gestión de Balcazar será demostrar si es posible reconciliar una ideología de cambio con la preservación de los pilares que han evitado el colapso financiero total.

POLÉMICA & DEBATE  REVISTA DE COMUNICACIÓN POLÍTICA