EL Papa León XIV, elegido en mayo de 2025, tiene nacionalidad peruana por naturalización desde el 24 de agosto de 2015. Aunque nació en Chicago, EE. UU., vivió y trabajó más de 40 años en Perú como misionero agustino, siendo obispo de Chiclayo.

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Al cumplirse hoy el primer año de pontificado del papa León XIV, la Iglesia católica ha vivido una jornada de fuerte contenido espiritual y simbólico con la visita del pontífice al Santuario de Nuestra Señora del Rosario de Pompeya, uno de los centros marianos más importantes de Italia. Allí presidió una multitudinaria misa en la festividad de la Virgen de Pompeya, fecha que coincide con el aniversario de su elección. Durante la ceremonia, el Papa elevó una oración por la paz mundial y pidió a los líderes políticos poner fin al “odio fratricida”, en clara alusión a los conflictos armados que sacuden distintas regiones del planeta. La elección de este santuario como escenario de la conmemoración revela el deseo de unir memoria, fe y esperanza en tiempos marcados por la incertidumbre.

La ciudad de Pompeya posee una carga histórica singular, pues se levanta junto a las ruinas de la antigua urbe sepultada por la erupción del Vesubio en el año 79 d.C., símbolo universal de fragilidad humana frente al tiempo y la naturaleza. Celebrar allí el aniversario del pontificado introduce una poderosa metáfora: de las cenizas del pasado puede surgir una nueva esperanza espiritual. El santuario mariano, fundado en 1876 por San Bartolo Longo, ha sido durante décadas lugar de peregrinación para millones de fieles y centro de obras sociales dedicadas a pobres, enfermos y familias vulnerables. El mensaje implícito del viaje papal parece claro: la fe no puede desligarse de la caridad concreta ni del compromiso con los más necesitados.

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En términos eclesiales, este primer año de León XIV ha estado marcado por un estilo pastoral centrado en la cercanía, la oración popular y la reconciliación. Su visita a Pompeya confirma una línea de pontificado que busca fortalecer la religiosidad sencilla del pueblo, especialmente a través del rosario y la devoción mariana, prácticas que históricamente han servido como refugio espiritual en épocas de crisis. En un mundo atravesado por guerras, polarización ideológica y soledad social, el pontífice parece apostar por signos comprensibles para todos: la madre, la oración y la paz. No se trata solo de una liturgia conmemorativa, sino de una pedagogía espiritual que intenta devolver serenidad a una humanidad fragmentada.

El simbolismo político del acontecimiento también resulta evidente. Mientras muchas naciones atraviesan tensiones militares y disputas geopolíticas, la voz del Papa emerge como una de las pocas referencias morales globales con capacidad de convocar a creyentes y no creyentes. Su llamado a terminar con el odio fratricida coloca a la Iglesia en el terreno del diálogo internacional y recuerda el papel histórico del Vaticano como mediador en conflictos. En ese contexto, la misa de Pompeya no fue únicamente un acto religioso, sino una intervención pública que propone la paz como horizonte civilizatorio frente a la lógica de la confrontación permanente.

Para el mundo contemporáneo, el primer aniversario de León XIV adquiere así un significado que trasciende lo confesional. En tiempos dominados por la velocidad tecnológica, la ansiedad económica y el debilitamiento de vínculos comunitarios, la escena de miles de personas reunidas en oración ante una figura espiritual conserva una notable fuerza cultural. La visita a Pompeya recuerda que las sociedades modernas siguen necesitando símbolos de unidad, compasión y trascendencia. Si el siglo XXI parece definido por algoritmos y crisis sucesivas, el pontífice ha querido responder desde un lenguaje antiguo pero vigente: el de la esperanza compartida, la memoria histórica y la dignidad humana.