PORTADA HISPANA.-
Los últimos días de julio de 1821 permanecen entre los episodios más intensos y simbólicos de la historia peruana. Lima vivía entonces horas de incertidumbre tras el retiro de las tropas realistas encabezadas por el virrey José de la Serna hacia la sierra central, mientras el Ejército Libertador, comandado por el general José de San Martín, ingresaba pacíficamente a la capital el 12 de julio. Las calles, todavía marcadas por el temor acumulado durante años de guerra, comenzaron lentamente a llenarse de vecinos, religiosos, comerciantes y funcionarios que intuían que una nueva etapa estaba por comenzar. Como señala el historiador Jorge Basadre, la independencia del Perú fue el resultado de un complejo proceso político y militar en el que confluyeron aspiraciones internas y la decisiva intervención de las campañas libertadoras procedentes del sur del continente.
Durante las semanas siguientes se desarrolló una intensa actividad política destinada a legitimar el cambio de régimen. San Martín comprendía que una proclamación de semejante trascendencia necesitaba sustentarse en la voluntad pública y no únicamente en el triunfo de las armas. Por ello promovió la firma de actas de adhesión a la independencia por parte del Cabildo de Lima, de las corporaciones religiosas, de los principales vecinos y de representantes de distintos sectores sociales. El historiador Timothy Anna sostiene que aquellas adhesiones constituyeron un importante gesto político destinado a conferir legitimidad al nacimiento del nuevo Estado peruano, aun cuando buena parte del territorio permanecía todavía bajo control de las fuerzas realistas.
La mañana del sábado 28 de julio amaneció con un inusual movimiento en la Plaza Mayor de Lima. Campanas, estandartes y balcones adornados anunciaban una ceremonia que transformaría para siempre la historia del virreinato más importante de Sudamérica. Vestido con uniforme de gala y acompañado por sus oficiales, San Martín apareció ante la multitud llevando la bandera del Perú, recientemente creada con sus colores rojo y blanco. Desde un tabladillo levantado frente al Palacio de los Virreyes pronunció la célebre fórmula: «El Perú es desde este momento libre e independiente por la voluntad general de los pueblos y por la justicia de su causa que Dios defiende». La frase, recogida por diversos cronistas de la época, fue respondida por la multitud con vivas a la independencia y al Libertador.
La proclamación no quedó circunscrita a la Plaza Mayor. Siguiendo la tradición ceremonial de las grandes ciudades hispánicas, San Martín repitió el acto en otros tres lugares emblemáticos de Lima: la plazuela de La Merced, la Plaza de la Inquisición —actual Plaza Bolívar— y la Plaza de Santa Ana, con el propósito de que la declaración alcanzara a los distintos barrios de la ciudad. Aquellas ceremonias reflejaban una antigua costumbre política heredada del mundo hispánico, según la cual los actos públicos debían ser presenciados por el mayor número posible de habitantes para otorgarles solemnidad y reconocimiento colectivo. Las campanas de los templos repicaron durante toda la jornada, mientras la ciudad comenzaba a celebrar un acontecimiento que marcaría el inicio de una nueva etapa histórica.
Sin embargo, la proclamación no significó el fin inmediato de la guerra. Amplias regiones del Perú continuaban bajo dominio realista y las principales fuerzas españolas permanecían organizadas en la sierra. Basadre advirtió que la independencia peruana fue simultáneamente un acto jurídico, un hecho político y un proceso militar prolongado, razón por la cual la proclamación de Lima constituyó un paso decisivo, aunque no definitivo, hacia la emancipación. Años más tarde serían las campañas de Simón Bolívar y Antonio José de Sucre, culminadas en Junín y Ayacucho, las que asegurarían la derrota militar del poder colonial en Sudamérica.
Las jornadas posteriores estuvieron dedicadas a organizar el nuevo gobierno. San Martín asumió poco después el título de Protector del Perú e inició un amplio programa de reformas orientadas a construir las instituciones del naciente Estado. Entre sus primeras medidas figuraron la creación de la Biblioteca Nacional del Perú, la adopción de símbolos nacionales como la bandera y el escudo, la abolición del tributo indígena y la supresión de determinadas formas de servidumbre. El Libertador concebía que la independencia debía expresarse no solo en el terreno político, sino también mediante una profunda reorganización administrativa, educativa y cultural que permitiera consolidar la nueva nación.
Las crónicas de viajeros y testigos describen una Lima donde la alegría convivía con la incertidumbre. Muchos habitantes celebraban el fin del régimen virreinal, mientras otros observaban con cautela el desarrollo de los acontecimientos, conscientes de que la guerra aún no había terminado. El historiador Charles Walker ha señalado que la independencia peruana estuvo marcada por profundas divisiones sociales y regionales, lo que explica que el entusiasmo vivido en la capital no fuera uniforme en todo el territorio. Aquellos días reflejaban las complejidades de una sociedad que transitaba entre el antiguo orden colonial y las promesas de una república todavía en construcción.
Con el paso del tiempo, la proclamación del 28 de julio adquirió un poderoso valor simbólico que trasciende el acontecimiento político. Cada aniversario recuerda no solo la voz de San Martín en la Plaza Mayor, sino también el largo proceso histórico que hizo posible el nacimiento del Perú independiente. Como escribió Jorge Basadre en su monumental Historia de la República del Perú, la independencia no representó el final de la historia nacional, sino «el comienzo de una inmensa tarea colectiva». Aquella jornada de 1821 continúa ocupando un lugar central en la memoria peruana porque simboliza el momento en que una sociedad decidió iniciar el difícil camino hacia la construcción de su propio destino como nación soberana.



