PORTADA HISPANA.-
Imaginar Lima en los años en que vivió Santa Rosa significa regresar a una ciudad muy diferente de la megápoli contemporánea, pero también a una sociedad extraordinariamente compleja en la que convivían el esplendor y la pobreza, la riqueza y la precariedad, el poder colonial y las culturas indígenas, la vida cortesana y la experiencia de los barrios populares. Rosa nació en 1586 y murió en 1617, justamente cuando Lima comenzaba a consolidarse como la gran capital política, económica, intelectual y religiosa del Virreinato del Perú. Un censo realizado en 1614 calculó alrededor de 25 000 habitantes, cifra pequeña para los parámetros actuales, pero significativa para una ciudad colonial que concentraba instituciones, comerciantes, funcionarios, religiosos, artesanos, indígenas, afrodescendientes y familias de distintos orígenes. Aquella Lima era todavía una ciudad relativamente joven, pero ya se había convertido en el centro del poder español en Sudamérica.
La ciudad que conoció Rosa era oficialmente la Ciudad de los Reyes, fundada por los españoles en 1535 y convertida posteriormente en capital del Virreinato del Perú. Allí se encontraban las principales autoridades civiles y religiosas, la Real Audiencia, el arzobispado, conventos, monasterios, hospitales, colegios y la Universidad de San Marcos. Lima concentraba, además, buena parte de los circuitos comerciales que vinculaban el Perú con otros territorios del imperio español. Su posición política hacía de ella una ciudad cosmopolita para su tiempo, aunque profundamente marcada por las jerarquías sociales y raciales de la sociedad colonial. El esplendor de las instituciones convivía con una población que sufría desigualdades, enfermedades, pobreza y condiciones de vida muy diferentes según el lugar que cada persona ocupaba dentro del orden virreinal. La Lima de Santa Rosa era, por tanto, una ciudad de contrastes.

En las primeras décadas del siglo XVII, Lima experimentaba una etapa de expansión económica y cultural. La minería, las haciendas, los obrajes y el comercio contribuían a la prosperidad de determinados grupos sociales, mientras la producción artística y literaria alcanzaba una considerable importancia. La historiografía ha señalado precisamente esa paradoja: durante los años de Santa Rosa coexistieron el esplendor material y el misticismo, el lujo y la renuncia religiosa. La ciudad podía mostrar riqueza y magnificencia mientras una parte considerable de sus habitantes vivía en condiciones mucho más modestas. Esa contradicción ayuda a comprender el ambiente en el que surgió la figura de Rosa: una sociedad que valoraba intensamente la riqueza y el prestigio, pero que simultáneamente exaltaba la pobreza voluntaria, la penitencia y la entrega espiritual.
Caminar por Lima durante aquellos años significaba encontrarse constantemente con la presencia de la Iglesia. El paisaje urbano estaba dominado por templos, conventos, capillas, monasterios y espacios vinculados al culto. Según las investigaciones reunidas por el Instituto Riva-Agüero, hacia 1614 existían unas cuarenta iglesias y capillas y aproximadamente una décima parte de la población vestía hábitos religiosos. La ciudad desarrollaba, además, un calendario público extraordinariamente intenso: procesiones, fiestas patronales, celebraciones litúrgicas, rogativas, ceremonias y actos religiosos formaban parte de la experiencia cotidiana. La religión no constituía una actividad separada de la vida social; impregnaba el calendario, las instituciones, las relaciones familiares, las expresiones artísticas y hasta la percepción que los habitantes tenían de los acontecimientos naturales.
La importancia de la religión no debe entenderse solamente como resultado de una profunda devoción individual. La Iglesia constituía también una de las principales instituciones de la sociedad colonial. Desde los primeros años del Virreinato, la evangelización había acompañado la expansión del poder español y había desempeñado funciones religiosas, educativas, asistenciales y sociales. Investigaciones sobre la población indígena urbana han mostrado que la religión fue simultáneamente una vía de incorporación a la cultura europea y un mecanismo de control y organización social. Esta doble dimensión es indispensable para comprender el mundo de Santa Rosa: la fe era sincera y profundamente vivida por muchas personas, pero estaba inscrita en una estructura colonial que utilizaba también las instituciones religiosas para ordenar la sociedad.
En ese universo, la vida religiosa de las mujeres adquiría características particulares. Las mujeres no solamente participaban de las prácticas devocionales familiares y comunitarias; algunas encontraban en los conventos, recogimientos y formas de vida religiosa espacios de autoridad, educación y reconocimiento social. También existieron mujeres llamadas beatas, que desarrollaban una vida espiritual intensa sin pertenecer necesariamente a una comunidad religiosa formal. Estudios recientes sobre la Lima de 1614 a 1625 muestran que estas mujeres fueron protagonistas de un movimiento religioso importante y que su presencia dejó una huella considerable en la sociedad limeña. Santa Rosa debe comprenderse dentro de ese ambiente de intensa religiosidad femenina, aunque su trayectoria personal adquirió características excepcionales que terminarían convirtiéndola en la primera santa nacida en América reconocida universalmente por la Iglesia.
Rosa nació, precisamente, en ese escenario de fervor religioso y profundas desigualdades. Su familia pertenecía al mundo criollo limeño y su vida transcurrió en un entorno doméstico en el que las obligaciones familiares, las necesidades económicas y la religiosidad se encontraban estrechamente relacionadas. Su posterior decisión de llevar una existencia de penitencia, oración y servicio no puede interpretarse únicamente como una experiencia individual aislada. Formaba parte de una cultura religiosa que otorgaba enorme valor a la mortificación, la contemplación, la imitación de Cristo y la búsqueda de la santidad. Sin embargo, Rosa llevó esas prácticas a una intensidad extraordinaria, convirtiendo su propio cuerpo, su habitación y su vida cotidiana en espacios de experiencia religiosa.
La Lima que la rodeaba era también una sociedad profundamente jerarquizada. Españoles peninsulares, criollos, indígenas, afrodescendientes y personas pertenecientes a distintas castas ocupaban posiciones diferentes dentro de la estructura colonial. La ciudad no era culturalmente homogénea: en sus calles, mercados, casas, talleres y espacios religiosos convivían distintas lenguas, tradiciones, procedencias y formas de comprender el mundo. Investigaciones recientes sobre los indígenas residentes en Lima a comienzos del siglo XVII, basadas entre otras fuentes en el padrón de 1613, muestran que estos grupos no fueron simples receptores pasivos de la cultura colonial, sino que desarrollaron estrategias de adaptación y resistencia en ámbitos como la identidad, el trabajo, las relaciones sociales, el consumo y la conservación de tradiciones.
La religión fue uno de los espacios donde esas culturas pudieron encontrarse, mezclarse y también entrar en tensión. La evangelización pretendía incorporar a las poblaciones indígenas al catolicismo, pero la experiencia religiosa americana nunca fue una reproducción exacta del modelo europeo. En las ciudades y comunidades surgieron formas particulares de religiosidad, devociones locales, prácticas colectivas y apropiaciones culturales que terminaron formando parte de la identidad americana. Lima, como capital virreinal, fue uno de los principales laboratorios de ese proceso. La fe católica era la religión oficial y dominante, pero su práctica concreta estaba atravesada por experiencias sociales y culturales diversas.
En este contexto, la presencia de la Inquisición también formaba parte del horizonte religioso de la ciudad. El Santo Oficio vigilaba determinadas expresiones consideradas heterodoxas y buscaba preservar la ortodoxia católica. La intensa religiosidad podía generar admiración, pero también sospecha: las experiencias místicas, las visiones, las prácticas penitenciales y las manifestaciones espirituales extraordinarias debían ser observadas y, en determinados casos, examinadas. La existencia de mujeres con experiencias religiosas intensas podía otorgarles prestigio, pero también colocarlas bajo una mirada institucional. La propia historia de las mujeres religiosas de Lima muestra que algunas terminaron enfrentando problemas con el Santo Oficio.
En el caso de Rosa, la relación entre su espiritualidad y la sociedad limeña fue especialmente significativa. Su vida transcurrió fuera de un convento tradicional, pero desarrolló una intensa experiencia ascética y mística en el ámbito doméstico. Su habitación se convirtió simbólicamente en una especie de celda; su jardín, en un espacio de contemplación; y su cuerpo, en escenario de una disciplina religiosa extrema. Esta dimensión resulta importante porque permite observar cómo la santidad podía construirse en la Lima virreinal no solamente dentro de las instituciones eclesiásticas, sino también en la vida cotidiana de una mujer laica. Rosa transformó su existencia doméstica en una forma radical de vida religiosa.
Pero Lima no era únicamente una ciudad de rezos y procesiones. Era también una ciudad de comercio, trabajo y entretenimiento, con mercados, vendedores, artesanos, talleres, fiestas, música y circulación constante de personas. Los grandes edificios religiosos convivían con viviendas modestas y espacios de actividad económica. Las calles eran recorridas por miembros de distintas órdenes religiosas, funcionarios, comerciantes, esclavizados, indígenas, trabajadores y viajeros. El puerto del Callao conectaba a la capital con las rutas marítimas del Pacífico y reforzaba su papel dentro del sistema imperial. La vida cotidiana tenía, por tanto, una dimensión profundamente material que coexistía con el extraordinario universo simbólico de la fe.
La educación y la cultura también habían comenzado a adquirir una importancia considerable. La Universidad de San Marcos, fundada en 1551, constituía uno de los centros intelectuales más importantes de la América española. Las órdenes religiosas mantenían colegios y espacios de enseñanza, mientras la imprenta introducida en Lima en el siglo XVI permitía la circulación de libros, sermones, relaciones, textos religiosos y obras literarias. No resulta casual que durante el siglo XVII Lima se convirtiera también en un importante centro de producción de historias religiosas. Carlos M. Gálvez Peña ha señalado que entre aproximadamente 1620 y 1680 se produjo en Lima un conjunto extraordinariamente amplio de narrativas históricas religiosas, sin paralelo en otras capitales coloniales hispanoamericanas de la época.
La ciudad estaba, además, profundamente familiarizada con la muerte. Las enfermedades, las epidemias, la mortalidad infantil y las dificultades sanitarias formaban parte de la experiencia cotidiana. La religión ofrecía un lenguaje para comprender el sufrimiento, la enfermedad y la muerte. Las personas podían interpretar una calamidad natural como una prueba, una advertencia divina o una ocasión para la penitencia. Esta mentalidad no debe ser juzgada simplemente como superstición desde la perspectiva contemporánea: constituía una manera de ordenar simbólicamente una realidad en la que las posibilidades médicas y científicas eran muy limitadas. La fe ofrecía respuestas ante acontecimientos que la sociedad no podía controlar.
Por eso la figura del santo adquiría una importancia extraordinaria. El santo no era simplemente un personaje religioso distante; podía ser considerado un intercesor cercano ante Dios, un protector de la comunidad y un modelo de conducta. Lima vivió durante esos años una auténtica concentración de figuras consideradas santas o venerables. Santa Rosa convivió en el imaginario religioso de la ciudad con figuras como Martín de Porres, Juan Macías, Francisco Solano y Toribio de Mogrovejo. Esta extraordinaria presencia de hombres y mujeres vinculados a la santidad contribuyó a que Lima fuera presentada posteriormente como una especie de ciudad santa del Nuevo Mundo. La historiografía ha estudiado precisamente esta “explosión de santidad” como una característica singular de la capital virreinal.
La muerte de Rosa, el 24 de agosto de 1617, transformó inmediatamente la percepción que muchos limeños tenían de ella. La joven que había vivido una existencia de oración y penitencia comenzó a ser recordada como una mujer santa. Los testimonios reunidos posteriormente para los procesos de beatificación y canonización constituyen hoy una fuente excepcional para reconstruir la vida cotidiana de aquella Lima. Como ha señalado la historiografía contemporánea, esos documentos permiten escuchar numerosas voces de la sociedad limeña y recuperar aspectos que las hagiografías oficiales tendieron a simplificar. En particular, permiten observar la participación de indígenas y otros sectores sociales en la construcción de la devoción rosarina.
La beatificación de Rosa en 1668 y su canonización en 1671 ocurrieron varias décadas después de su muerte, pero tuvieron una enorme importancia para Lima y para la identidad criolla. La devoción se extendió rápidamente por América y Europa y produjo fiestas, poemas, representaciones teatrales, villancicos y numerosas publicaciones. La investigadora Eva Valero ha mostrado cómo la celebración de la beatificación de Rosa contribuyó incluso a la formación de una identidad criolla y a una reivindicación americanista frente a España. La santa limeña comenzó a convertirse así en algo más que una figura religiosa: pasó a representar la posibilidad de que América produjera su propia santidad y, con ella, una identidad cultural propia.
Vista desde el presente, aquella Lima puede parecer dominada por una religiosidad que penetraba todos los espacios de la existencia. Y, en efecto, la fe ocupaba un lugar central: organizaba el calendario, acompañaba el nacimiento, el matrimonio y la muerte, legitimaba instituciones, inspiraba obras de arte, influía en la educación y proporcionaba explicaciones sobre el sufrimiento y el destino. Pero reducir aquella sociedad a una comunidad exclusivamente devota sería igualmente equivocado. Era una ciudad de intereses económicos, ambiciones sociales, conflictos políticos, desigualdades, prejuicios, intercambios culturales y luchas por el poder. Precisamente por eso la religiosidad de Santa Rosa adquiere mayor significado: surgió dentro de una sociedad contradictoria, no fuera de ella.
La Lima de Santa Rosa fue, en definitiva, una ciudad situada entre dos mundos. Era una capital española construida en América, pero poblada por una diversidad de comunidades; era una ciudad católica, pero atravesada por múltiples tradiciones culturales; era una sociedad de riqueza y pobreza, de lujo y penitencia, de poder colonial y búsqueda de reconocimiento criollo. En ese escenario, la fe no constituía un aspecto secundario de la vida: era uno de los principales lenguajes mediante los cuales las personas comprendían el mundo. Santa Rosa expresó de manera radical esa sensibilidad y terminó convirtiéndose en uno de los símbolos más poderosos de aquella Lima. Su vida permite mirar hacia una sociedad en la que lo espiritual y lo cotidiano no estaban separados, y donde la pregunta por Dios podía ocupar un lugar tan concreto en la existencia como el trabajo, la familia, la enfermedad, el comercio o la muerte.
Quizá por ello la historia de Santa Rosa sea también la historia de la Lima que la vio nacer, vivir y morir. Los procesos de canonización, las crónicas, las obras literarias y las investigaciones históricas posteriores han permitido reconstruir una ciudad que desapareció físicamente, pero que permanece en sus iglesias, conventos, calles, documentos y tradiciones. La Lima de comienzos del siglo XVII no fue solamente el escenario de una santa: fue el mundo social que hizo posible que su experiencia religiosa pudiera ser comprendida, admirada y finalmente convertida en símbolo. Estudiar aquella ciudad significa, por tanto, comprender que la santidad de Rosa no surgió en el vacío, sino en una sociedad donde la fe constituía una de las fuerzas fundamentales de la vida colectiva. Y comprender a Santa Rosa exige, a su vez, volver la mirada hacia aquella Lima barroca, mestiza, desigual, creyente y contradictoria que convirtió a una joven limeña en una de las figuras espirituales más universales nacidas en América.










