A cien años del nacimiento de la extraordinaria poeta peruana Blanca Varela, el mundo literario hispanoamericano celebra con profunda admiración la absoluta vigencia de su legado lírico. Nacida en Lima en 1926, la célebre autora de Ese puerto existe y Canto villano se consagró como una de las voces más rigurosas de la Generación del 50. Su escritura, caracterizada por un ascetismo radical, rechazó los adornos innecesarios para explorar con la precisión de un bisturí el dolor corporal y la crudeza de la existencia. Tras nutrirse de la vanguardia en el París de la posguerra junto a intelectuales como Octavio Paz y Jean-Paul Sartre, forjó una obra universal despojada de complacencias. Este centenario exalta a una creadora imprescindible, cuya palabra indomable y limpia de artificios sigue interpelando con luz descarnada nuestros propios abismos contemporáneos.

PORTADA HISPANA.-

En la vasta y rigurosa producción de la poeta peruana Blanca Varela, el amor se despoja de todo idealismo romántico para ser entendido como una experiencia descarnada, corpórea y profundamente existencial. Lejos de las convenciones del lirismo tradicional que asocian el afecto al idilio o a la plenitud espiritual, Varela define el sentimiento amoroso como un territorio de conflicto, orfandad y asfixia.

 

la tierra gira

la carne permanece

cambia el paisaje

las horas se deshojan

más allá del dolor y del placer

la carne inescrutable

balbuceando su lenguaje de sombras y brumosos colores

(Lección de anatomía)

Entre los poemarios más importantes de Blanca Varela destacan Ese puerto existe (1959), su deslumbrante debut prologado por Octavio Paz, y el célebre Canto villano (1978), volumen que consolidó su estética del despojo y la crudeza cotidiana. A estos se suman títulos fundamentales como Luz de día (1963), el descarnado Ejercicios materiales (1993) y su testamento poético Concierto animal (1999), obras cumbre que confirman su maestría para cortar la realidad hasta el hueso.

 

La autora perteneciente a la Generación del 50 aborda los vínculos humanos desde una mirada analítica que disecciona el deseo, revelando la fragilidad intrínseca que subyace en la entrega al otro. De este modo, en su universo creativo amar no constituye una salvación ni un refugio pacífico, sino una violenta certidumbre que confronta al individuo con su propia soledad e imperfección biológica.

 

porque te alimenté con esta realidad

mal cocida

por tantas y tan pobres flores del mal

por este absurdo vuelo a ras de pantano

ego te absolvo de mí

laberinto hijo mío

 

no es tuya la culpa

ni mía

pobre pequeño mío

del que hice este impecable retrato

forzando la oscuridad del día

párpados de miel

y la mejilla constelada

cerrada a cualquier roce

y la hermosísima distancia

de tu cuerpo

tu náusea es mía

la heredaste como heredan los peces

la asfixia

y el color de tus ojos

es también el color de mi ceguera

bajo el que sombras tejen

sombras y tentaciones

y es mía también la huella

de tu talón estrecho

de arcángel

apenas pasado en la entreabierta ventana

y nuestra

para siempre

la música extranjera

de los cielos batientes

ahora leoncillo

encarnación de mi amor

juegas con mis huesos

y te ocultas entre tu belleza

ciego sordo irredento

casi saciado y libre

con tu sangre que ya no deja lugar

para nada ni nadie

 

aquí me tienes como siempre

dispuesta a la sorpresa

de tus pasos

a todas las primaveras que inventas

y destruyes

a tenderme -nada infinita-

sobre el mundo

hierba ceniza peste fuego

a lo que quieras por una mirada tuya

que ilumine mis restos

porque así es este amor

que nada comprende

y nada puede

bebes el filtro y te duermes

en ese abismo lleno de ti

música que no ves

colores dichos

largamente explicados al silencio

mezclados como se mezclan los sueños

hasta ese torpe gris

que es despertar

en la gran palma de dios

calva vacía sin extremos

y allí te encuentras

sola y perdida en tu alma

sin más obstáculo que tu cuerpo

sin más puerta que tu cuerpo

así este amor

uno solo y el mismo

con tantos nombres

que a ninguno responde

y tú mirándome

como si no me conocieras

marchándote

como se va la luz del mundo

sin promesas

y otra vez este prado

este prado de negro fuego abandonado

otra vez esta casa vacía

que es mi cuerpo

a donde no has de volver

(Casa de Cuervos)

 

En su emblemático poemario Ese puerto existe, la autora sienta las bases de una poética del desencanto donde el afecto y el entorno físico comparten una misma condición áspera y desértica.

 

 

Blanca Varela define la aproximación al ser amado no desde la luz, sino desde la precariedad y el desamparo, utilizando un lenguaje conciso y afilado que rehúye de cualquier adorno sentimental. Estudios literarios fundamentales, como los ensayos del crítico Adolfo Castañón, sostienen que la estética vareliana se nutre de una lucidez implacable influenciada por el existencialismo y el surrealismo europeo de posguerra. Esta perspectiva transforma la experiencia amorosa en un espacio de resistencia y subsistencia, donde los amantes se reconocen en la carencia mutua y en la crudeza de un paisaje hostil que los reduce a su mínima expresión.

 

Hallaré la señal

y la caída de los astros

me probará la existencia de otros caminos

y que cada movimiento engendra dos criaturas,

una abatida y otra triunfante,

y en cada mirada morirá la apariencia

y desnudo y bello

te arrojará la fábrica entre nosotros.

(De La Lección)

 

 

Por otra parte, la madurez poética de Varela profundiza en la dimensión física y doméstica del querer, vinculándolo de manera indisoluble con el dolor, el sacrificio y la animalidad.

 

¡Cómo brillan al sol los hijos no nacidos!

Blanco es el mes de enero, negras las olas que visitan la isla.

El nido está en lo alto, sobre una piedra segura.

No habrá que enseñarles ni a nacer ni a morir. ¿Por qué habría de enseñarse tales cosas?

(De Antes del día)

 

Como apunta la propia creadora en textos posteriores, el afecto es una suerte de herida necesaria que se experimenta en el cuerpo, transformando el hogar y los roles tradicionales en escenarios de sutiles batallas cotidianas.

 

 

Las manos a la altura del aire

a dos o tres centímetros del vacío

no se mirará nada preciso

la polvareda que pasa

el inesperado cortejo de plumas

arrancadas al vuelo

la nubecilla rosada y tonta

que ya no es

el cierraojos y el ábrelos

en la breve opacidad

de una luz que no se ve

y el sueño pies de goma

y azules y brillantes

las estrellas

rientes

párpado sobre párpado

labio contra labio

piel demorada sobre otra

llagada y reluciente

hogueras

eso haremos a solas

(De Juego amoroso)

 

 

 

La investigación de la crítica especializada, reflejada en los análisis de la investigadora Yolanda Westphalen, resalta que en su obra se despliega una deconstrucción del instinto maternal y del amor de pareja desde una subjetividad femenina sumamente crítica. Amar, en esta etapa, significa aceptar el desgaste del tiempo y la asimetría de unos lazos que, a menudo, aprisionan la identidad.

Para articular esta compleja definición del afecto, Varela recurre a una red de símbolos cotidianos y orgánicos que subvierten el canon tradicional de la lírica amorosa. Elementos como la carne, los huesos, los cuchillos de cocina, la basura y los animales rastreros desplazan a los motivos florales o celestiales propios de la poesía amatoria convencional. Análisis críticos de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos puntualizan cómo en libros como Canto villano, el amor se describe con imágenes gastronómicas y viscerales, asemejándose a un acto de devoración o a una digestión dolorosa. La poeta presenta al amante como un ser hambriento y vulnerable que, en su intento por fusionarse con el otro, termina por enfrentarse a la finitud de la carne.

 

El amor es como la música,

me devuelve con las manos vacías,

con el tiempo que se enciende de golpe

fuera del paraíso.

Conozco una isla,

mis recuerdos,

y una música futura,

la promesa.

 

Y voy hacia la muerte que no existe,

que se llama horizonte en mi pecho.

Siempre la eternidad a destiempo.

(El amor es como la música)

 

 

Asimismo, la palabra poética en Varela opera como un instrumento de disección que busca desentrañar el misterio del apego humano sin concesiones a la autocompasión. El silencio, la distancia y el vacío se revelan como componentes esenciales del diálogo amoroso, demostrando que la incomunicación es muchas veces el destino inevitable de quienes intentan alcanzar una comunión plena. Diversos estudios de la literatura hispanoamericana contemporánea coinciden en que la lucidez de la autora radica en su capacidad para nombrar el horror y la belleza del vínculo sin caer jamás en el melodrama. El amor vareliano se desmistifica por completo para transformarse en una forma extrema de conocimiento que, aunque desgarra, ofrece una verdad limpia y desprovista de ilusiones.

 

¿durará este asombro?

¿esta letra carnal

loco círculo de dolor atado al labio

esta diaria catástrofe

esta maloliente dorada callejuela sin comienzo ni fin

este mercado donde la muerte enjoya las esquinas

con plata corrompida y estériles estrellas?

(Tell me the truth)

 

 

La definición del amor en la literatura de Blanca Varela se erige como un testimonio ético y estético de la condición humana frente a la otredad. Los diversos enfoques de los estudios literarios contemporáneos coinciden en que su obra unifica el rigor verbal y el cuestionamiento metafísico en una propuesta poética de una honestidad radical. Amar, en el código vareliano, implica asumir el riesgo del fracaso, desnudarse ante la mirada implacable del tiempo y aceptar la herida del deseo como una prueba irrefutable de estar vivos. Por ello, sus textos perviven en la tradición literaria universal como una de las exploraciones más lúcidas, terrenales y conmovedoras sobre los límites del afecto y el abismo de la conciencia humana.