La civilización ante su propia creación: ciencia, inteligencia artificial y el regreso del humanismo

Por JULIO HERRERA

Medios & Comunicación Digital

La civilización occidental construyó durante varios siglos una extraordinaria confianza en la razón, la ciencia y la capacidad humana de dominar la naturaleza mediante el conocimiento. Ese proceso produjo algunos de los mayores avances de la historia: medicina, electricidad, industrialización, comunicaciones, exploración espacial y, finalmente, inteligencia artificial. Sin embargo, precisamente cuando la humanidad ha conseguido crear máquinas capaces de procesar información a velocidades que el cerebro humano no puede igualar, comienza a surgir una pregunta filosófica de enorme profundidad: ¿y si la civilización confundió durante siglos el conocimiento con la inteligencia, y la inteligencia con la superioridad racional? La aparición de las inteligencias artificiales puede ser interpretada entonces no solamente como una revolución tecnológica, sino como un espejo que obliga al ser humano a reconsiderar qué capacidades constituyen realmente su singularidad. La máquina puede superar al hombre en cálculo, memoria y velocidad; pero esa constatación podría conducirnos, paradójicamente, a valorar nuevamente aquello que no puede reducirse fácilmente a una operación matemática.

 «Las dos guerras mundiales del siglo XX demostraron que el progreso científico no garantiza automáticamente el progreso moral. ¿Puede existir el progreso técnico sin progreso ético?» 

La tesis exige, sin embargo, una precisión histórica. No existe un único momento en que la humanidad haya abandonado la moral, la espiritualidad o el humanismo para abrazar la ciencia y el materialismo. Se trata de un proceso largo y complejo en el que confluyeron el Renacimiento, la Revolución científica de los siglos XVI y XVII, la Ilustración del siglo XVIII, la Revolución Industrial y el positivismo del siglo XIX.

«Si las máquinas pueden hacer cada vez mejor aquello que la civilización moderna consideró durante siglos la expresión máxima de la inteligencia, ¿qué queda entonces como territorio específicamente humano?»

La publicación de De revolutionibus orbium coelestium de Nicolás Copérnico en 1543, los trabajos de Galileo Galilei, las leyes de Johannes Kepler y posteriormente la física de Isaac Newton transformaron la relación entre conocimiento, naturaleza y autoridad. Más tarde, Descartes convirtió la duda metódica y la razón en instrumentos fundamentales del conocimiento moderno, mientras Francis Bacon formulaba una concepción del saber estrechamente relacionada con su capacidad para transformar la naturaleza. No fue una conspiración contra el espíritu: fue una extraordinaria conquista intelectual que, con el tiempo, comenzó a convertirse también en una nueva concepción de la civilización.

El punto de inflexión puede situarse especialmente en la Ilustración, cuando la confianza en la razón adquirió una dimensión política, social y cultural mucho mayor. Immanuel Kant definió la Ilustración mediante la célebre invitación a abandonar la “minoría de edad” y atreverse a utilizar el propio entendimiento. La razón debía liberar al individuo de la superstición y de las autoridades que impedían su autonomía. Esa transformación fue decisiva para el nacimiento de la modernidad y para la construcción de las sociedades democráticas contemporáneas. Pero el problema filosófico aparece cuando la razón instrumental comienza a presentarse no simplemente como una herramienta del ser humano, sino como el criterio supremo para determinar qué conocimiento tiene valor.

«La crisis ecológica proporciona otra evidencia de los límites de una civilización centrada excesivamente en la dominación técnica de la naturaleza».

En ese momento comienza a producirse una reducción de la experiencia humana: aquello que puede medirse, calcularse, verificarse y reproducirse experimentalmente adquiere una legitimidad superior a aquello que pertenece a la esfera de los valores, la conciencia, la belleza, la trascendencia o el sentido.

El siglo XIX llevó esta tendencia a una de sus expresiones más influyentes mediante el positivismo. Auguste Comte sostuvo que la humanidad atravesaba diferentes estadios del conocimiento y que la etapa positiva representaba la madurez intelectual, basada en la observación y las leyes científicas. El positivismo realizó una contribución fundamental al desarrollo de las ciencias sociales y naturales, pero también contribuyó a consolidar una imagen del conocimiento en la que aquello que no podía someterse al método científico corría el riesgo de ser considerado secundario o incluso irrelevante. La modernidad industrial profundizó esa transformación: la eficacia, la productividad, la velocidad y el crecimiento económico comenzaron a convertirse en indicadores privilegiados del progreso. La pregunta “¿qué es bueno para el ser humano?” fue progresivamente acompañada, y en ocasiones sustituida, por otra mucho más pragmática: “¿qué funciona?”.

«No existe un único momento en que la humanidad haya abandonado la moral, la espiritualidad o el humanismo para abrazar la ciencia y el materialismo».

El resultado histórico fue extraordinario y ambiguo al mismo tiempo. La ciencia permitió prolongar la vida, combatir enfermedades, reducir distancias y ampliar enormemente el conocimiento del universo. Pero el mismo proceso produjo tecnologías capaces de incrementar exponencialmente la capacidad destructiva de las sociedades. Las dos guerras mundiales del siglo XX demostraron que el progreso científico no garantiza automáticamente progreso moral. La humanidad podía conocer cada vez más acerca de la materia y, simultáneamente, utilizar ese conocimiento para producir armas de destrucción masiva. Después de Auschwitz, Hiroshima y Nagasaki, la filosofía del siglo XX tuvo que enfrentarse nuevamente a una pregunta fundamental: ¿puede existir progreso técnico sin progreso ético? La respuesta de pensadores como Martin Heidegger, Hannah Arendt, Hans Jonas y Theodor W. Adorno fue, desde perspectivas diferentes, profundamente inquietante.

Heidegger advirtió que la modernidad corría el riesgo de comprender la realidad fundamentalmente como un conjunto de recursos disponibles para ser explotados. En La pregunta por la técnica, la tecnología deja de ser simplemente un conjunto de instrumentos y aparece como una forma particular de revelar y organizar el mundo. Hannah Arendt, por su parte, analizó la transformación de la condición humana en una sociedad crecientemente dominada por la producción, el trabajo y la racionalidad administrativa. Hans Jonas llevó la preocupación hacia el futuro y propuso una nueva ética de la responsabilidad ante el enorme poder tecnológico adquirido por la humanidad. Su principio podría resumirse en una idea esencial: cuando el poder de nuestras acciones alcanza consecuencias capaces de afectar a generaciones futuras, nuestra responsabilidad moral debe crecer en la misma proporción.

La inteligencia artificial coloca nuevamente esta cuestión frente a nosotros, pero en una escala inédita. Las máquinas ya pueden realizar determinadas operaciones cognitivas con una velocidad, memoria y capacidad de procesamiento que supera ampliamente las posibilidades humanas. Pueden analizar cantidades gigantescas de información, encontrar patrones, efectuar cálculos, traducir, generar imágenes, escribir textos y resolver determinados problemas especializados en tiempos extraordinariamente breves. Pero esta superioridad funcional en determinadas tareas no demuestra que las máquinas sean superiores a los seres humanos en todos los sentidos. La inteligencia no es una magnitud única. La memoria no es conciencia; el cálculo no es sabiduría; la velocidad de procesamiento no equivale a comprensión existencial. Precisamente aquí comienza la cuestión filosófica central de nuestra época: si las máquinas pueden hacer cada vez mejor aquello que la civilización moderna consideró durante siglos la expresión máxima de la inteligencia, ¿qué queda entonces como territorio específicamente humano?

 

 

 

 

La respuesta puede encontrarse parcialmente en aquellas dimensiones que la modernidad científica no consiguió reducir completamente a algoritmos: la conciencia, la experiencia subjetiva, la compasión, el juicio moral, la responsabilidad, la capacidad de otorgar sentido, la experiencia estética, la búsqueda espiritual, el amor, el sufrimiento, la memoria afectiva y la pregunta por el bien. Esto no significa afirmar científicamente que ninguna máquina podrá desarrollar alguna vez capacidades semejantes; sería una afirmación que nuestro conocimiento actual no permite sostener con certeza. Significa reconocer que, hasta ahora, la inteligencia artificial funciona principalmente como una extraordinaria capacidad de procesamiento y generación, mientras que la experiencia humana continúa estando vinculada a una existencia corporal, histórica, emocional y social. La diferencia no reside necesariamente en quién “piensa más rápido”, sino en qué significa pensar y para qué se piensa.

Aquí adquiere especial relevancia la distinción formulada por Daniel Kahneman entre diferentes modos de procesamiento mental. En Thinking, Fast and Slow, Kahneman mostró que la mente humana no opera exclusivamente mediante razonamiento deliberado y matemático: también utiliza intuiciones, asociaciones, emociones y mecanismos rápidos de evaluación. La psicología cognitiva contemporánea ha demostrado además que la toma de decisiones humanas está profundamente vinculada con procesos emocionales y sociales. Antonio Damasio, desde la neurociencia, cuestionó igualmente la separación radical entre razón y emoción al mostrar la importancia de los procesos emocionales en la toma de decisiones. La consecuencia filosófica es importante: aquello que durante siglos fue considerado una interferencia de la razón —las emociones— puede ser, en realidad, una parte constitutiva de la inteligencia humana.

También la tradición humanista ofrece una respuesta a este dilema. Erich Fromm distinguió entre una orientación hacia el “tener” y otra hacia el “ser”, cuestionando una civilización que mide el éxito principalmente mediante acumulación, posesión y productividad. Viktor Frankl, desde otra perspectiva, sostuvo que la búsqueda de sentido constituye una dimensión fundamental de la existencia humana. Abraham Maslow situó la autorrealización en la cima de su conocida jerarquía de necesidades. Estas corrientes, aunque diferentes entre sí, convergen en una intuición: el ser humano no puede ser reducido a un productor, consumidor, calculador o procesador de información. Existe una dimensión interior que no puede evaluarse adecuadamente mediante los indicadores tradicionales de eficiencia económica o capacidad computacional.

La crisis ecológica proporciona otra evidencia de los límites de una civilización centrada excesivamente en la dominación técnica de la naturaleza. Durante siglos, el progreso fue asociado con la capacidad de transformar el mundo exterior. Sin embargo, el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y el agotamiento de determinados recursos muestran que una civilización puede ser técnicamente poderosa y, al mismo tiempo, ecológicamente vulnerable. El problema no consiste en abandonar la ciencia, sino en subordinar su poder a una concepción más amplia de responsabilidad. En este punto, la filosofía de Hans Jonas adquiere nuevamente actualidad: cuanto mayor es nuestra capacidad para transformar el mundo, mayor debe ser nuestra obligación de considerar las consecuencias de nuestras acciones sobre quienes todavía no existen.

 

 

 

La pregunta por la espiritualidad también debe ser tratada con cautela y sin convertirla en una oposición simplista a la ciencia. Ciencia y espiritualidad responden, en principio, a preguntas diferentes. La ciencia investiga cómo funciona la realidad mediante procedimientos observables, verificables y susceptibles de revisión; la espiritualidad y la religión abordan, desde tradiciones diversas, cuestiones relativas al sentido, la trascendencia, el valor y la relación del ser humano con aquello que considera último. El error histórico no estaría necesariamente en haber elegido la ciencia, sino en haber permitido que una determinada concepción científica o materialista pretendiera responder por sí sola a todas las preguntas humanas. Como señaló Stephen Jay Gould con su propuesta de los “magisterios no superpuestos”, existen ámbitos de preguntas que no se resuelven mediante el mismo método epistemológico.

Desde esta perspectiva, quizá la civilización no deba “retroceder” literalmente hacia un pasado anterior a la ciencia. Un regreso histórico semejante sería imposible y tampoco sería deseable. La medicina moderna, las comunicaciones, la investigación científica y las tecnologías contemporáneas forman parte irreversible de la experiencia humana. Lo que sí puede realizarse es una retrospección civilizatoria: volver intelectualmente a los momentos en que comenzó a producirse el desequilibrio entre conocimiento técnico y sabiduría moral. No se trataría de abandonar a Galileo para regresar a una época premoderna, sino de recuperar aquello que la modernidad relegó: Aristóteles y su pregunta por la vida buena; Sócrates y la necesidad de examinar la propia existencia; Platón y la búsqueda de la verdad más allá de las apariencias; las tradiciones religiosas y sus reflexiones sobre responsabilidad y trascendencia; el humanismo renacentista y su defensa de la dignidad humana.

En ese sentido, la inteligencia artificial podría convertirse paradójicamente en una de las mayores oportunidades filosóficas de la humanidad. Al construir máquinas que realizan con extraordinaria eficacia determinadas operaciones racionales, la civilización está descubriendo que esas operaciones no constituyen por sí solas la totalidad de la inteligencia. La IA puede obligarnos a redefinir qué significa ser humano. Si una máquina puede calcular mejor, memorizar más información, analizar millones de documentos y generar respuestas en segundos, entonces quizá ya no tenga sentido medir la dignidad humana mediante esas capacidades. La humanidad podría verse obligada a trasladar el centro de su definición hacia la conciencia, la responsabilidad, la creatividad, la empatía, la imaginación, la búsqueda de sentido y la capacidad de elegir qué hacer con el conocimiento.

El filósofo español José Ortega y Gasset advertía que “yo soy yo y mi circunstancia”, una formulación que adquiere nueva actualidad en la era digital. El ser humano no existe aislado de su mundo: construye tecnologías, instituciones, culturas y sistemas de valores, y después esos mismos productos modifican su manera de vivir y pensar. La inteligencia artificial es, en este sentido, una creación humana que comienza a transformar a su propio creador. El desafío consiste en evitar que la humanidad termine subordinando sus valores a las capacidades de las máquinas. No deberíamos preguntar solamente qué puede hacer una inteligencia artificial, sino qué debería hacer, quién debe decidirlo, con qué límites y en función de qué concepción del bien común.

La gran paradoja de nuestro tiempo es que la civilización puede haber creado máquinas capaces de superar al ser humano en muchas de las capacidades que durante siglos identificó como símbolos del progreso, precisamente para descubrir que esas capacidades no constituían la esencia completa de lo humano. La ciencia no fue un error; el conocimiento científico representa una de las mayores conquistas de nuestra especie. El problema aparece cuando el instrumento se convierte en finalidad y cuando la eficiencia sustituye al sentido. La humanidad no necesita renunciar al conocimiento científico, sino colocarlo nuevamente dentro de una arquitectura más amplia de sabiduría, ética, humanismo y responsabilidad. La ciencia puede decirnos qué podemos hacer; la filosofía debe seguir preguntando qué debemos hacer.

 

 

 

Quizá el verdadero desafío del siglo XXI consista entonces en realizar una segunda Ilustración. La primera enseñó al ser humano a confiar en su razón y a liberarse de autoridades incuestionables; la segunda debería enseñarle a utilizar su razón sin quedar prisionero de ella. Debería integrar ciencia y humanismo, tecnología y ética, inteligencia y sabiduría, conocimiento y sentido. En lugar de competir con las máquinas para demostrar quién calcula mejor, el ser humano podría dedicar sus mayores esfuerzos a aquellas preguntas que ninguna velocidad computacional resuelve por sí misma: qué es una vida buena, qué significa la justicia, qué debemos a los demás, qué mundo queremos dejar a las próximas generaciones y qué lugar ocupa nuestra existencia dentro del universo.

La inteligencia artificial, contemplada desde esta perspectiva, no representa necesariamente el final de la supremacía humana ni una amenaza inevitable para nuestra especie. Puede ser, más profundamente, una prueba filosófica para la civilización. Al crear inteligencias capaces de superar algunas de nuestras facultades racionales, hemos llegado a un punto en el que necesitamos redefinir nuestra propia identidad. Tal vez la historia no nos esté invitando a retroceder, sino a recuperar algo que nunca debimos abandonar: la convicción de que el conocimiento solamente alcanza su verdadera grandeza cuando está acompañado por sabiduría. El futuro no debería consistir en escoger entre ciencia y espiritualidad, razón y emoción, tecnología y humanismo, sino en construir una civilización capaz de integrar todas esas dimensiones. Porque si las máquinas llegan a ser mejores que nosotros en el cálculo, la memoria y la velocidad, la pregunta decisiva ya no será qué tan inteligentes podemos llegar a ser, sino qué haremos con nuestra inteligencia y qué clase de seres humanos elegiremos ser.