La nueva propuesta de Julio Herera Medios & Comunicación Digital es especialmente interesante porque desplaza el centro de la definición tradicional: en lugar de preguntar “¿qué es el lenguaje?” a partir exclusivamente de la capacidad humana de producir palabras y oraciones, plantea preguntar “¿qué entidades pueden establecer comunicación y mediante qué sistemas?”. La investigación contemporánea ofrece elementos que permiten discutir seriamente esa ampliación, aunque conviene distinguir entre lenguaje, comunicación y sistemas de señales. El debate científico actual sobre comunicación animal, cognición y sistemas artificiales hace posible formular este concepto como una hipótesis interdisciplinaria, no como una conclusión ya establecida por la lingüística.
Durante siglos, el lenguaje fue considerado fundamentalmente como una facultad humana y la lingüística construyó buena parte de sus teorías alrededor de una pregunta aparentemente sencilla: ¿qué hace diferente al lenguaje humano de los demás sistemas de comunicación existentes en la naturaleza? La revolución científica y tecnológica de las últimas décadas obliga, sin embargo, a revisar esa perspectiva. Los estudios sobre comunicación animal, cognición comparada, inteligencia artificial y sistemas complejos han ampliado considerablemente el universo de las entidades capaces de producir, interpretar o responder a señales. En este nuevo escenario puede plantearse una definición más amplia: el lenguaje es la capacidad que tienen las inteligencias para comunicarse. La incorporación de la palabra “inteligencias” introduce un elemento conceptual decisivo, porque permite pensar el lenguaje como una propiedad de sistemas capaces de procesar información, interpretar señales y modificar su comportamiento a partir de ellas.

Esta definición no pretende afirmar que todos los sistemas comunicativos sean equivalentes al lenguaje humano ni que un animal, una persona y una inteligencia artificial utilicen necesariamente “lenguaje” en el mismo sentido. Su propósito es establecer un marco más amplio en el que puedan compararse diferentes formas de comunicación. Una bacteria que responde a señales químicas, una abeja que transmite información mediante una danza, un ser humano que utiliza una lengua natural, una computadora que intercambia datos con otra máquina o un sistema de inteligencia artificial que interpreta instrucciones pertenecen a realidades profundamente distintas. Sin embargo, todos participan, en grados diferentes, de procesos de producción, transmisión, recepción e interpretación de información. La pregunta fundamental deja entonces de ser quién posee lenguaje y comienza a ser qué tipo de inteligencia comunica, mediante qué código y con qué finalidad.
La lingüística clásica realizó una distinción importante entre lenguaje y comunicación. Charles F. Hockett, en su célebre análisis de las propiedades del lenguaje, propuso un conjunto de características que permitían diferenciar las lenguas humanas de otros sistemas de señalización. Su modelo tuvo una enorme influencia durante décadas y convirtió propiedades como la productividad, la semanticidad, la arbitrariedad y la capacidad combinatoria en elementos centrales para estudiar el lenguaje. Sin embargo, investigaciones posteriores han mostrado que algunas de esas características aparecen, al menos parcialmente, en sistemas comunicativos de otras especies. Una revisión publicada en 2026 en Trends in Cognitive Sciences sostiene precisamente que los avances de la lingüística, la cognición animal y la antropología obligan a reconsiderar las antiguas “propiedades de diseño” de Hockett y propone entender el lenguaje como un fenómeno multimodal, semióticamente diverso, interactivo y adaptativo.

La cuestión de la comunicación animal resulta fundamental para esta nueva perspectiva. La investigación contemporánea ha encontrado en diferentes especies capacidades sofisticadas para producir señales, reconocer individuos, expresar estados, orientar la atención y transmitir información relacionada con el entorno. La denominada “lingüística animal” se ha constituido precisamente como un campo interdisciplinario que reúne lingüística, etología, biología evolutiva y ciencias cognitivas para estudiar significado, pragmática, sintaxis y comunicación en especies no humanas. Una revisión publicada en Annual Review of Ecology, Evolution, and Systematics señala que determinadas aves y primates pueden utilizar vocalizaciones asociadas a significados conceptuales y combinar llamadas en secuencias que presentan determinadas regularidades. Esto no demuestra que posean lenguas humanas, pero sí obliga a estudiar la comunicación animal con categorías más sofisticadas que la simple noción de “instinto”.
Aquí aparece una distinción esencial para la nueva definición. No toda comunicación es necesariamente lenguaje humano, pero todo lenguaje parece requerir algún tipo de capacidad comunicativa. Los estudios de Thom Scott-Phillips y Christophe Heintz han mostrado que determinadas propiedades combinatorias de la comunicación animal pueden parecerse superficialmente a las del lenguaje humano, aunque ello no significa que tengan el mismo origen evolutivo ni la misma arquitectura cognitiva. Para estos investigadores, existen capacidades compartidas relacionadas con la manipulación de la atención y la interacción social, pero el lenguaje humano presenta características particulares vinculadas con la intención comunicativa y la inferencia. Esta evidencia permite formular una visión gradual: las inteligencias pueden poseer diferentes capacidades de comunicación sin que todas ellas deban ser clasificadas automáticamente como lenguas humanas.
La revolución conceptual también alcanza a la propia noción de inteligencia. Durante buena parte de la historia intelectual occidental, hablar de inteligencia significaba hablar de seres humanos, y ocasionalmente de determinadas capacidades cognitivas animales. La aparición de sistemas artificiales capaces de procesar grandes cantidades de información, generar textos, reconocer imágenes, producir código, mantener conversaciones y ejecutar determinadas tareas cognitivas introduce una tercera categoría. Las inteligencias artificiales no poseen necesariamente conciencia, emociones o intencionalidad humana, y la ciencia todavía debate qué significa exactamente atribuirles comprensión. Pero sí constituyen sistemas capaces de recibir señales, procesarlas y producir respuestas. Desde la perspectiva propuesta, esa capacidad funcional permite incorporarlas al universo de entidades comunicantes sin afirmar por ello que sean equivalentes a las inteligencias biológicas.
Los grandes modelos de lenguaje ofrecen un ejemplo particularmente interesante porque utilizan precisamente el lenguaje humano como principal medio de interacción. Su funcionamiento demuestra que la comunicación puede producirse entre arquitecturas cognitivas radicalmente diferentes. Una persona formula una instrucción mediante palabras; el sistema procesa patrones lingüísticos y genera una respuesta; posteriormente el usuario interpreta esa respuesta y puede modificar su conducta. Se establece así un circuito comunicativo entre dos sistemas de procesamiento de información diferentes. La investigación reciente sobre modelos multilingües muestra además que estos sistemas pueden procesar y generar contenidos en numerosas lenguas, aunque persisten importantes desigualdades entre idiomas debido a la disponibilidad de datos y recursos digitales.
La transformación particularmente profunda porque permite imaginar comunicaciones que ya no dependen necesariamente de una lengua humana. Dos sistemas artificiales pueden intercambiar datos mediante protocolos digitales, vectores, códigos, representaciones matemáticas o señales que resultan ilegibles para una persona sin herramientas especializadas. En el futuro, diferentes agentes artificiales podrían desarrollar convenciones funcionales para coordinar acciones, negociar recursos o resolver problemas. Esto no significa necesariamente que estén creando “idiomas” en el sentido humano, pero sí plantea una cuestión filosófica y lingüística fundamental: si dos inteligencias intercambian información mediante un sistema estructurado de signos y producen respuestas adaptativas, ¿debemos considerarlo una forma de lenguaje o simplemente comunicación artificial?
La nueva definición adquiere todavía mayor amplitud cuando se incorporan otras entidades vivas. Las plantas, los hongos y los microorganismos mantienen complejas interacciones químicas y ecológicas que permiten transmitir información sobre amenazas, recursos y condiciones ambientales. La ciencia no sostiene que estos sistemas posean lenguaje humano, y sería científicamente incorrecto equiparar automáticamente una señal química con una oración. Sin embargo, si el concepto de lenguaje se formula como “capacidad de las inteligencias para comunicarse”, resulta posible estudiar estos fenómenos desde una perspectiva comparativa sin imponerles previamente la arquitectura de la comunicación humana. La cuestión pasa a ser identificar qué tipo de información circula, cómo se codifica, quién la recibe, cómo se interpreta y qué modificación produce en el comportamiento del sistema.
La palabra “inteligencia”, por tanto, adquiere en esta propuesta un sentido más amplio que el de inteligencia humana. Podría entenderse como la capacidad de un sistema para recibir información, procesarla de alguna manera, establecer relaciones entre señales y estados del mundo y producir respuestas. Bajo esta perspectiva pueden distinguirse inteligencias biológicas humanas, inteligencias animales, inteligencias colectivas, sistemas artificiales y eventualmente otras formas de organización capaces de procesar información. La ventaja de esta formulación es que no obliga a considerar que todas las inteligencias sean iguales. Por el contrario, permite construir una taxonomía de comunicaciones según su soporte, complejidad, intencionalidad, capacidad simbólica, memoria, aprendizaje y grado de autonomía.
La propuesta también puede relacionarse con la pragmática, disciplina lingüística que estudia el lenguaje en relación con quienes hablan, las circunstancias y las acciones que realizan mediante la comunicación. Comunicar no consiste simplemente en transferir información; implica producir efectos en otro sistema. Una advertencia puede provocar una huida, una orden puede producir una acción, una pregunta puede generar una respuesta y una imagen puede modificar una conducta. En ese sentido, la comunicación aparece como una interacción entre inteligencias capaces de interpretar señales dentro de un contexto. La definición propuesta desplaza así el énfasis desde el instrumento —palabras, gestos, sonidos, códigos o impulsos digitales— hacia la relación entre los sistemas que producen e interpretan esos signos.
Uno de los aportes más importantes de la investigación reciente consiste precisamente en comprender que el lenguaje no es exclusivamente vocal ni necesariamente escrito. La revisión de Pleyer y sus colaboradores publicada en 2026 destaca que el lenguaje es inherentemente multimodal y semióticamente diverso, y que sus propiedades emergen de la interacción, la transmisión y el uso social. Esta perspectiva resulta especialmente compatible con la definición propuesta porque permite imaginar el lenguaje como una capacidad que puede manifestarse mediante múltiples soportes. La voz humana sería solamente una de sus expresiones; también podrían estudiarse gestos, imágenes, movimientos corporales, señales químicas, sonidos animales, códigos digitales y otras formas de representación siempre que exista un proceso de interpretación entre sistemas comunicantes.
No obstante, esta ampliación conceptual debe mantener una frontera científica clara. Decir que una inteligencia puede comunicarse no equivale a afirmar que posee lenguaje en el sentido pleno desarrollado por las lenguas humanas. El lenguaje humano presenta una extraordinaria capacidad para combinar unidades, representar conceptos abstractos, referirse a acontecimientos ausentes, construir mundos imaginarios, transmitir cultura y generar infinitas expresiones a partir de recursos limitados. El trabajo clásico de Hauser, Chomsky y Fitch distinguió entre una facultad del lenguaje en sentido amplio y una facultad en sentido restringido, relacionando esta última con mecanismos computacionales como la recursividad. Aunque muchas de estas hipótesis continúan siendo debatidas, marcaron una etapa fundamental en el estudio científico de la especificidad del lenguaje humano.
La nueva definición puede, por ello, ser entendida como una propuesta de carácter interdisciplinario: el lenguaje es la capacidad que tienen las inteligencias para comunicarse. Su originalidad no reside en negar las diferencias entre una lengua humana, el sistema comunicativo de una abeja y un protocolo entre inteligencias artificiales, sino en situarlos dentro de un mismo campo general de investigación. El concepto permitiría estudiar las diferentes formas de comunicación según el tipo de inteligencia involucrada y establecer distintos niveles de complejidad lingüística. Así, la pregunta ya no sería únicamente “¿tienen lenguaje los animales?” o “¿puede una inteligencia artificial comprender el lenguaje?”, sino también “¿qué formas de comunicación pueden desarrollar diferentes tipos de inteligencia y qué condiciones hacen posible que esas comunicaciones evolucionen?”.
Estamos, posiblemente, ante una ampliación del horizonte de la lingüística comparable a la que experimentaron otras ciencias cuando dejaron de estudiar exclusivamente un objeto para comprender los sistemas que lo producen. La lingüística del futuro podría dialogar todavía más estrechamente con la biología, la neurociencia, la inteligencia artificial, la etología, la antropología y la teoría de sistemas. El lenguaje dejaría de ser observado únicamente como una facultad del Homo sapiens y pasaría a estudiarse como una familia de fenómenos comunicativos surgidos en diferentes arquitecturas de inteligencia. El desafío científico consistirá en evitar tanto el antropocentrismo —atribuir lenguaje humano a todo sistema que comunique— como el reduccionismo contrario —negar toda forma de lenguaje porque no reproduce exactamente la estructura humana.
En la era de la inteligencia artificial, de la investigación sobre comunicación animal y de los sistemas inteligentes distribuidos, esta discusión adquiere una importancia que trasciende la lingüística. Si aceptamos que la comunicación es una interacción entre inteligencias, entonces comprender el lenguaje significa comprender también las relaciones entre seres humanos, animales, máquinas y otros sistemas capaces de procesar información. La definición propuesta abre así una puerta conceptual hacia una ciencia más amplia de la comunicación inteligente. El lenguaje, entendido de esta manera, no sería propiedad exclusiva de una especie ni de una tecnología: sería una capacidad relacional que aparece allí donde una inteligencia puede producir, interpretar y responder a signos dentro de un proceso de comunicación. Esa perspectiva no resuelve todavía el misterio del lenguaje; pero modifica radicalmente la pregunta desde la cual intentamos comprenderlo.











